Entre Brasilia y Cochabamba
Hace una década, el 1° de septiembre de 2000, se reunieron en la capital de Brasil doce presidentes sudamericanos. De sólo nombrarlos, advertiremos su variada y respectiva suerte (así como lo mucho que cambió, en apenas diez años, el signo político de la región). Firmaron aquella Declaración de Brasilia Fernando Henrique Cardoso, Fernando de la Rúa, Jorge Batlle, Alberto Fujimori, Hugo Bánzer, Gustavo Noboa, Ricardo Lagos y Luis González Macchi. Fueron suscriptos, en esa misma ocasión, más de 60 acuerdos de cooperación internacional, entre ellos la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (IIRSA), un plan para adecuar las economías del subcontinente a las necesidades de la economía global (o a los puros intereses de las multinacionales, para decirlo sin eufemismos).
En la Iniciativa de marras, por poner un ejemplo, el llamado Eje de Capricornio trabaja sobre la circulación de materias primas y mercaderías entre el Atlántico y el Pacífico, comunicando las zonas francas del norte chileno con los yacimientos bolivianos de El Mutún y las acerías y puertos del Brasil, sumando además al Paraguay como socio energético.
La Hidrovía Paraguay-Paraná, otro eje definido, trabaja sobre la vieja ruta de El Dorado utilizada por los conquistadores europeos para drenar la riqueza del Alto Perú, durante la época colonial. En esta Hidrovía, la cuenca del río Uruguay, con sus ciudades ribereñas y su gente, ocupan un subcapítulo. Entre las obras detalladas en el subcapítulo se mencionan la “Mejora de accesos e infraestructura portuaria del puerto de Nueva Palmira”, la “Circunvalación vial Nueva Palmira y sistemas de accesos terrestres a los puertos” y la “Construcción del ramal ferroviario Mercedes-Puerto de Nueva Palmira”.
Curiosamente, diez años después de elaborado el plan, Nueva Palmira es el puerto fluvial uruguayo donde se transborda y embarca la celulosa que produce Botnia. A la vez, es la terminal ferroviaria que recibe los rollizos y la madera de las plantaciones industriales, con destino a la pastera. Ni que lo hubieran planificado.
De este lado del río, estaciones como Concordia Central (bien lo han documentado los fotógrafos de la Asamblea) ven pasar a diario largas formaciones de carga con rollizos y madera de plantaciones argentinas, que tienen el mismo destino. Integración regional, que le dicen.
Otras dos pasteras aguardan turno para instalarse sobre el mismo río. Y aunque a partir del fallo de La Haya los dos países se vean obligados a la consulta previa, este dictamen ha sentado un nefasto precedente de tolerancia a la contaminación que mandará cualquier controversia por los mismos carriles que tuvo la primera.
En unos años más, de seguir con el plan de las multinacionales (el único que existe, ya que los países son convidados de piedra), aumentará el nivel de dioxinas y fosfatos en las aguas del río Uruguay, alterando sus ecosistemas y apagando la vida.
“El sistema capitalista -declaró el presidente boliviano Evo Morales, al inaugurar el pasado martes, en Cochabamba, la Primera Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático- es el principal responsable de la destrucción del planeta. Es el enemigo principal de la Madre Tierra, pues busca sólo ganancias en detrimento de la naturaleza. Es fuente de asimetrías y desigualdad en este mundo”. Nada que acotar a esas palabras.
Un presente de lucha
La Asamblea Ciudadana Ambiental de Gualeguaychú debió escuchar azorada, este martes, un fallo bifronte. Por un lado, el alto tribunal reconoce que hubo violación del Tratado del Río Uruguay y apunta que el país vecino no debería haber permitido continuar con las obras hasta la resolución de la controversia. Por el otro, se declara incompetente en el tema de la contaminación visual y sonora y dice, en cuanto al agua, que de acuerdo con el estándar uruguayo (ya que la Argentina no tenía uno propio) el nivel de dioxinas y fosfatos es tolerable, autorizando a Botnia-UPM a seguir operando su planta de Fray Bentos.
Como era de esperar, conocido el fallo, la Asamblea decidió mantener el corte de la ruta internacional y profundizar su lucha. En este cambiante colectivo humano que es la ACAG, tras cinco años de pelea en distintos frentes, hay viejos rejuvenecidos; amas de casa que podrían escribir libros de Ecología; niños que recobraron su identidad cultural y su exacto lugar en el mundo.
Hace algunas semanas, al improvisar un discurso al pie del monumento a Artigas, el presidente uruguayo José Mujica dijo palabras que bien podríamos repetir aquí (porque las palabras, lo mismo que el río, pueden y deben servirnos a todos): “Tengo el derecho de gritar que en este mundo, derrotados son sólo aquellos que dejan de luchar”.
Eso, eso mismo, es lo que la gente de Gualeguaychú viene enseñando y aprendiendo, desde aquel jubiloso día en que decidió ponerse de pie.
Por Oscar Taffetani (APe).-

