(Por Diego Genoud).- Nadie sabe a ciencia cierta que pasó en Baradero el 21 de marzo de 2010. Yo estaba ahí el día en el que la historia de ese pueblo de 30 mil habitantes cambió para siempre. Y, por supuesto, no lo sé. Sólo puedo atestiguar que esa mañana Baradero amaneció en llamas. Cuando me desperté y me lo contaron pensé que hablaban de otro lugar. Sabía que eso que me decían era posible, pero no en Baradero. Términos como “pueblada”, “incendio” o “estallido” siempre habían sido forasteros en el pueblo. Eran las once y el humo de la furia, que se había desatado alrededor de las siete, aún se respiraba.
Baradero ya se había llenado de humo dos años antes y la ola había llegado incluso hasta la ciudad de Buenos Aires. En medio de lo que la prensa llamó “el conflicto con el campo” un isleño había decidido incendiar varias hectáreas de pastizales con algún objetivo que todavía es materia de investigación. Pero esta vez era distinto. Esta vez no era un loco suelto, de esos que abundan en los pueblos. Esta vez el pueblo se había vuelto loco o por lo menos eso parecía.
Salí caminando con mi primo por la calle Anchorena hacia la plaza Mitre, esa que en los años noventa -los de nuestra adolescencia- nos pertenecía. En esa plaza perdíamos el tiempo de día y de noche, mirábamos el desfile de los autos nuevos, envidiábamos lo que otros tenían, cuereábamos a los que nos caían mal, nos enterábamos de las nuevas parejas, formábamos las propias y, en cierta forma, asomábamos a la libertad. Pero en esa plaza nunca aparecieron sujetos colectivos capaces de irrumpir de manera organizada o espontánea. Ahí nadie soñaba siquiera con transformar algo que excediera su vida. Nada de eso tenía sentido en un pueblo como Baradero. “¿Quién te va a seguir? ¿Para qué? No va a cambiar nada”.
Esta última sentencia resucitó después del 21 de marzo. Surgió en forma automática, como acto reflejo, como reaseguro de la quietud: todo va a seguir igual. Lo dicen los que viven en el pueblo y nunca se fueron porque Baradero es un pueblo tranquilo. Sólo que ese día hubo gente que incitó a la violencia: siempre hay revoltosos, conspiradores, siempre hay gente que quiere destruir todo, siempre están los que no son del pueblo. Un pequeño grupo de vándalos salió a romper todo y cuatro o cinco revoltosos con experiencia se aprovecharon. Diecinueve (19) delincuentes dijo el intendente del PJ que se enrola en el Frente para la Victoria. Sí, puede ser. No hay que ser ilusos. Pero… ¿por qué nunca antes sucedió algo así? ¿Por qué en casi 400 años de historia nadie registra antecedentes similares? ¿Por qué esos mismos que conozco desde que era pibe jamás organizaron algo así? ¿Por qué no lo hicieron antes si era tan sencillo? ¿Por qué nunca contaron que tenían ese objetivo?
Es cierto, lo del campo fue otra cosa. En los cortes de la ruta 9 que encabezaba la Sociedad Rural en el largo conflicto por las retenciones de 2008 no había violencia y estaba todo muy prolijo. Había orden y el reclamo era justo…
Pero volvamos a lo que interesa y dejemos de lado los prejuicios. ¿Qué pasó el 21? ¿Alguien sabe? Dos chicos de 16 y 17 años murieron perseguidos por la policía de tránsito. Largo debate sobre quién tiene la culpa. Extenso cruce de acusaciones. La culpa la tienen los jóvenes y los padres, escucho que dicen en Baradero. ¿Los muertos tienen la culpa? Bien.
Lo que siguió fue algo inédito. Alguien -¿uno solo? ¿19? ¿decenas? ¿cientos?- incendió la municipalidad, el juzgado de faltas, el registro civil y la casa del padre del jefe de los inspectores. Solo en un punto el acuerdo es absoluto: lo que sucedió fue increíble. Parece una ensoñación, aún si hoy se intenta comprenderla, cuando el tiempo empezó a correr. Si no fuera porque ahí estuvo la televisión y porque existen videos, la “pueblada” podría ser en algún tiempo un recuerdo difuso y discutible, una leyenda más de los creadores de fábulas que viven en el pueblo.
¿Y si no hubieran sido esos cuatro o cinco que llevaron de las narices a un grupo de vándalos? ¿Si hubiera pasado otra cosa que no sabemos? ¿Si se tratara del resultado de años de hastío? ¿Si por alguna razón alguien estuviera hastiado de lo poco o mucho que sucede en ese pueblo donde nunca pasaba ni podía pasar nada? No, me dicen, se trató de una anomalía, un pedazo de historia que irrumpió en nuestras vidas pero no tiene que ver con ellas. Eso fue. Lo importante es que esos desconocidos que incendiaron la ciudad no son del pueblo.
Baradero no es el 21 de marzo de 2010, es Expoagro: desde el 3 al 6 de marzo de 2010 en la estancia La Flamenca con las visitas de Cobos, Scioli, De Narváez, Solá, Duhalde y Macri. Eso sí es Baradero. Un estado miembro de la república de la soja, el weekend de Marcelo Tinelli, un futbolista que sale campeón del mundo.
Y sin embargo, ese día, en la plaza, a las 11 de la mañana éramos cientos, ¿éramos miles? Seguro no éramos diecinueve. ¿Todos fuimos presa de la furia? No en igual medida. ¿Alguien intentó detener el incendio de la municipalidad? Sí, un señor que salió del edificio municipal con una bandera de ceremonia en la mano en señal de paz. El señor que agitaba lentamente la bandera y caminaba hacia la multitud estaba haciendo un llamado a la cordura. El señor con cara de abuelo bueno negaba con su cabeza y daba a entender que eso no servía. Con ese solo gesto nos mostraba que entendía que había motivos para estallar, que se había enterado de que unas horas atrás dos pibes de 16 y 17 años habían muerto después de una persecución. Pero afirmaba también que ya era tiempo de entrar en razón. Fueron segundos en los que buscó transmitir su mirada de los hechos con un gesto. Enseguida recibió un piedrazo en la cabeza y dos o tres más le pasaron cerca. Entonces el señor de la bandera de ceremonia entendió que su intento era vano. Después supe que era un concejal de la Coalición Cívica. Supuso que por defender las ideas de Elisa Carrió, una mujer tan implacable con los Kirchner, estaría a salvo.
Es cierto, yo no vivo en el pueblo hace años y sé poco de lo que sucede. Pero de algo me di cuenta. Ese domingo histórico -porque sin duda lo fue-, en la plaza había un rechazo abrumador hacia la clase política en su conjunto. Nadie dijo “que se vayan todos”, la consigna que parió el 2001. Ya pasó casi una década. Pero el 21 de marzo de 2010, en Baradero, escuché a jóvenes y viejos que pedían la renuncia del intendente peronista a gritos y vi el intento vano del señor de la bandera de ceremonia.
Sé que el peronismo manda desde hace casi veinte años y que entre un padre y un hijo gobernaron la mayor parte de ese tiempo. Nada que ver con Juárez en Santiago del Estero. Y sin embargo, allá también hubo un día en el que un tornado de furia se apoderó de la ciudad y los edificios emblemáticos del poder político quedaron hechos cenizas. Pero en Baradero no hay represión como en Santiago. Rico venía cada tanto de visita, un jefe de la policía bonaerense en los años de La Maldita era oriundo de Baradero y no mucho más. Ah, sí… y Scollo. Pero de Scollo no se probó nada, escucho. “Quién es Scollo”, preguntaba la placa de un programa de canal 7 al día siguiente del incendio. Scollo fue el que me convocó a la plaza. Si, fue él. Cuando me desperté y lo vi por TN, vía telefónica, con su lenguaje de comisario no pude soportarlo. Cuando escuché que decía “la turba” con insistencia, cuando noté que lo trataban como si fuera Juan Carr, cuando acusé el golpe que desde Baradero alguien minimizaba las muertes y llamaba otra vez a “restablecer el orden”, salí a la calle. Y vi cómo le bajaban los vidrios de la radio más escuchada al tipo que aún se jacta de haber participado en operativos contra los subversivos de Baradero.
¿Qué pasó el 21? El intendente que denunció a Papel Prensa por contaminación, el diario La Nación -que es dueño de Papel Prensa- y una parte importante de la clase media y media alta afirma que fueron un grupo de delincuentes que querían destruir todo. ¿Será así?
Fue increíble lo que pasó en Baradero, eso si que está fuera de discusión. Además de la hipótesis policial ¿existe alguna otra?, pregunto a mis amigos casi con desesperación. Nadie sabe. Trabajo no falta en Baradero. La tensión con los Kirchner bajó y todos apuestan a que la cosecha récord de soja derrame una vez más sobre la población. Una parte importante de los jóvenes consiguieron empleo en empresas y fábricas del cordón industrial que se extiende entre Baradero y Campana. Toyota sobre todo, pero también Isenbeck, Quilmes, la central nuclear de Atucha y alguna que seguro se me escapa. ¿Están todos integrados al consumo? ¿Alguien se queda afuera? No sé. Si alguien -o muchos- se queda afuera, seguro no tiene voz porque lo que se escucha es otro discurso. Ya pasó más de un mes pero todavía hay algo que me sigue dando vueltas en la cabeza. El 21 de marzo a la tarde, cuando fui al velorio de los pibes en el Colegio Industrial, no conocí a nadie. Ni de vista. Entré a la escuela, caminé por el patio interno y por el externo, entré al aula donde velaban a Portu y a Giuliana y no conocí a nadie. Claro, porque ya no sos de Baradero, me explican. Pero sin embargo, cuando voy al bar aún reconozco a la mitad de los que veo. No vi a nadie de clase media en el Industrial. Eso digo. Vi con lágrimas en los ojos muchas caras de pibes y pibas que no se mueven por donde yo me muevo cuando vuelvo. Vi a sus padres con el mismo dolor sin saber quiénes eran ni cómo se llamaban. Sólo reconocí una frase, escrita con tiza en el pizarrón verde del aula donde velaban a los chicos. Decía algo así: “Portu, con tu vida despertaste las conciencias y abriste las mentes de este pueblo”. ¿Demasiado no? No tanto como decir que nada va a cambiar en el pueblo en el que no podía pasar nada. ¿Es otro Baradero ese que estalló el 21 de marzo? Algo me parece indudable: no es el mismo que cortó la ruta 9 a mitad de camino con San Pedro durante el álgido 2008.
¿Qué sentido tienen estas líneas?, me preguntó mientras escribo y me lo preguntaba desde antes. No lo tengo muy claro. Apenas ir en busca de otra hipótesis que no sea la policial, que es la misma del intendente, el diario La Nación y gran parte de la clase media y media alta. Ahora, parece, volvió la normalidad. Las marchas ya casi no se hacen y todo el mundo retornó a lo suyo. El intendente está complicado, es cierto. Perdió casi todo su gabinete y nueve mil de los treinta mil habitantes de Baradero firmaron un petitorio para que se vaya. Pero el jefe de la policía ya regresó a su puesto y Scollo volvió a ser el más escuchado y ya se lo puede ver en la esquina de la plaza tomando café con el intendente. Los familiares y amigos de los pibes muertos se juntan los sábados a la tarde, en la esquina de Gallo y Belgrano, donde fue el accidente. Dicen que no encuentran líneas de acción y que apenas lo hacen como forma de acompañarse y completar el duelo. La madre de uno de los muertos no entiende por qué casi nadie la llama. Apenas un grupo de periodistas que está en las antípodas del comisario Scollo. La tesis de mis amigos, los que dicen que nada cambió ni cambiará, gana terreno. No sirve ser tan testarudo y seguir preguntándose qué pasó. Tranquiliza mucho más capturar a esos 19 delincuentes y olvidarse de todo.
Diego Genoud


12 Mayo 2010 21:48
Echemosle la culpa a otro ,asi es de facil ,estas cosas pasan cuando el pueblo se cansa de tanta ipocrecia y corrupcion
14 Junio 2010 13:31
Cuanta razón Diego,está todo tan cambiado q esto ya asusta.