domingo 05 de agosto de 2012
Para pensar juntos: Di no a la piratería.

En un centro comercial, hombres y mujeres, por el santo nombre del ahorro, andan buscando artículos de baja calidad o como dicen “piratas”. No quieren comprar objetos de calidad sino tratan de encontrar artículos BBB (buenos, bonitos y baratos). Los ven una y otra vez, los prueban otras tantas veces para comprobar su funcionamiento y al final lo compran. Es una adquisición con retrogusto amargo pues saben que, tarde o temprano, se averiará.

“Mientras buscamos cosas inciertas, perdemos la seguras”. Así escribía el poeta Plauto. Andamos en busca de artículos “símil” para no tener que adquirir aquellos que son mejores y, por lo  tanto, sí, más caros, menos frecuentes pero… que funcionan.

De igual manera que los hombres y mujeres hacen sus compras cotidianas así también sucede en la “compra” o, mejor dicho, adquisición de las virtudes. ¿Puede ser cierto? Sí. En este campo el grande falsificador es el “mundo”.

Falsifica la alegría verdadera; cierto que esa alegría es pura superficialidad y a veces llega hasta el sarcasmo. Personas con rostros sonrientes, joviales ante los demás pero con una mirada apagada, sin luz. Jóvenes que  devoran las horas en las discotecas pero que, al terminar la función, regresan con la faz ajada y hasta hastiada. ¿Dónde está esa felicidad que antes se dibujaba en ellos? Nunca existió.  Estaban alegres y felices pero no son alegres. Era sólo una careta por fuera pero vacía por dentro pues la sonrisa en una muestra de felicidad o una máscara de terrible desgracia.

Falsifica el amor. Usa ese nobilísimo nombre para aplicarlo a una pasión brutal, salvaje, egoísta. Ofrece un amor de sentimiento, como los “kleenex”, de usa y tira. Y a este amor nos quieren acostumbrar pero…esto no es amor verdadero.  El amor real es firme, constante y desinteresado. No busca al otro por lo que me pueda dar sino por la persona misma.

Finalmente la última “piratería” del mundo es la paz. Una paz exterior y superficial. Una paz como de sepulcro donde nada se mueve, nada se oye pero que está vacía. Una paz de desierto, que al final sólo es soledad, vacío, desolación… Son innumerable las técnicas para buscar la paz interior: el yoga, psicólogos y un sinfín de artes orientales que sólo producen una plena despreocupación de todo lo que sucede en lo exterior. Olvidan las  dificultades y problemas del mundo cotidiano pero no dan la verdadera paz.

La paz verdadera no está indemne de dificultades, de dolor, de turbación, de los avatares de cada día sino que es algo más profundo del “no sentir”. Es una firmeza que radica en  roca segura: fe y la confianza en Dios. Sí, claro que se sienten los vaivenes del mar agitado pero se está confiado porque se sabe que dentro de su barca se encuentra el Maestro.

Se es crédulos y se deja engañar muchas veces por esas pseudovirtudes,  pseudofelicidades, con esos maniquíes, bellos por fuera pero vacíos por dentro. Hay que comprar, adquirir las virtudes verdaderas, caras, costosas pero que llenan realmente al hombre  y hacen ser al hombre más hombre.

Si se quiere saber la piratería del “mundo”  en uno mismo sólo es  necesario esperar. Esperar, pues la virtud verdadera se comprueba en el tiempo. “¡Qué ardua resulta la virtud! ¡Qué difícil fingirla tanto tiempo!”, decía Cicerón.

No hay que dejarse engañar y digamos un “no” rotundo a la piratería “virtual”.

Luis Felipe Guzmán, LC

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