La ironía de tener que poner paños… El Capitán Frío

Quizás la época invernal no sea por si misma perjudicial solamente para las vías respiratorias. El frío no es sólo un clima, el invierno no es sólo una estación, ya que una estación es algo quieto “estático”. Contraponiendo este juego semántico con la realidad, puedo dar cuenta de que aquellos que trabajamos intentando dar un aporte en el cuidado de la salud humana, pasamos el invierno en movimiento, a las corridas, buscando llevar oxígeno a cada bocanada de aire, que no es más que una demora de la muerte para ese cuerpito maltratado desde su vida intrauterina. Está más que escrito, más que comprobado científicamente y más que burlado, el hecho de que cualquier vida que llega a este mundo corporizada en forma humana, no está con su sistema inmunológico plenamente desarrollado, y por ende los bebés traen firmada la declaración de vulnerabilidad ante cualquier infección, desde su nacimiento. Y cae de maduro que el capitalismo serio y responsable afianzado por nuestros antepasados y nuestros “antepresentes”, encarnados en 8 años de gobierno K, se encarga de poner más sellos como la desnutrición y la condena a vivir en los infiernos de las villas y las viviendas de cartón, donde lo raro sería no enfermarse.

La ironía de tener que poner paños fríos en esta parte del año, ante tanto llanto y tantos virus desparramados por los pasillos de hospitales que en esta época hierven, es una expresión más de la política fijada para nuestro desmembrado sistema de salud.

En una publicación del diario La Interhospitalaria de CICOOP (Sindicato de Profesionales de la salud de la provincia de Buenos Aires), se muestra que en el 2011 el presupuesto para salud en esta provincia es de $6.035.814.573 y para seguridad $8.382.653.751, lo que representa el 7% y el 10% respectivamente. Sólo espero que este dato no se deposite en el cementerio de los números, porque la estadística hace rato dejó de ser una herramienta objetiva para convertirse en una ficción más del montaje de cartón que sostiene al actual estado de bienestar por demás de utilería. Sin embargo ni siquiera aquellos sumisos intelectuales que a mi entender se han entregado de manera indigna al oficialismo, creen en el INDEC. Una muestra de esto es el informe de la consultora Equis (que dirige el amigo del gobierno Artemio López), publicado en La Nación (4/07/2011). En sus cifras queda plasmado que “la pobreza por ingresos alcanza al 20,7 % de la población económicamente activa, mientras que un 30,4 % está en una situación de riesgo de caer en ella”. Equis toma como parámetro la canasta básica de pobreza (diciembre del 2010), de $1.837, y una canasta de indigencia de $871. El INDEC en cambio fijó la canasta de pobreza en $1.252 y la de indigencia en $578. La misma consultora aclara que no utiliza los datos del INDEC “a partir de la disparidad observada en las mediciones de precios y valorizaciones de las canastas básicas alimentarias”.

Mientras algunos tratamos de demostrar a duras penas, con datos, con evidencia, y hasta con la vivencia diaria, que el derecho a la salud es sistemáticamente transfigurado y que a la salud hay que pagarla y el que no tiene plata no tiene salud, el pasado 18 de julio en Florencio Varela, el ministro de salud de la Provincia de buenos Aires Alejandro Collia, participó del lanzamiento de la “Corriente Sanitaria del Frente Nacional Peronista”. Allí el ministro citó a Ramón Carrillo, padre del sanitarismo argentino y primer ministro de Salud de la Argentina. El problema, como decía el doctor Mario Rovere al que tuve el privilegio de escuchar, es que todos nombran a Carrillo pero nadie lo lee. Yo agregaría que menos aún nadie lo pone en práctica. Este personaje emblemático de la historia sanitaria de nuestro país manifestó que “el Estado no puede quedar indiferente ante el proceso económico, porque entonces no habrá posibilidad de justicia social, y tampoco puede quedar indiferente ante los problemas de la salud de un pueblo porque un pueblo de enfermos no es ni puede ser un pueblo digno”. Durante su gestión, logra entre 1946 y 1954 elevar el número de camas de 66.300 a 134.218, es decir lo duplica. Esto entre muchas otras trasformaciones revolucionarias dentro del ámbito de la salud. Ante estos números que sí son bellos a la vista, me sigo permitiendo continuar con mi disenso ante los constantes acosos discursivos de la Cadena Oficial, al cotejarlos con la realidad que obliga a internar a los niños con enfermedades respiratorias en improvisadas salas en los consultorios, en los pasillos y donde se pueda, en duras camillas de épocas de antaño. Hemos aprendido a fabricar las aerocámaras con envases de suero vacío para poder administrar a los chicos el broncodilatador que les aliviará el ahogo por unas horas, hemos cambiado el “lo atamos con alambre” por “lo pegamos con tela adhesiva”, se me ocurre mientras miro a una enfermera que se esfuerza por hacer funcionar un viejo y analógico respirador montado sobre un oxidado soporte. Esta palpación in vivo del desamparo, que parece ser una redundancia de lo obvio, es suficiente para que no cambiemos la indignación por la naturalización, y para que sepamos que es el abrazo hermanador el que nos proveerá del abrigo necesario en estos tiempos de intensa helada social, que será derretida cuando ese abrazo se transforme en hervidero colectivo.

Por el Dr. Ignacio Pizzo (APe).-(*) Médico generalista en Casa de los Niños, Fundación Pelota de Trapo.