Una prueba más: Las garrafas y los noventa

Por las principales rutas que entran y salen de Capital Federal, Rosario, Córdoba y Mendoza, siempre se ven decenas y decenas de camiones cargados de garrafas.

Especialmente para los tiempos de elecciones.

Por adentro de esas grandes ciudades, en días y tardes de frío demencial, aparecen colas de muchas personas que buscan encontrar una de esas garrafas a un precio más o menos razonable.

Ya se sabe que es más barato el gas natural. Pero que, por eso mismo, no les llega a los millones de argentinos que -entonces- dependen de la dádiva política convirtiéndose en rehenes de diferentes administraciones.

Los grandes negocios económicos van de la mano de los grandes negocios políticos.

Donde hay necesidades de millones, se mueven millones de pesos y millones de votos.

Durante los años noventa, los principales bienes del pueblo argentino fueron mal vendidos a cambio de una supuesta mejora de los servicios públicos.

Desde el petróleo al acero, desde los trenes al gas, comenzaron a formar parte de los números de fáciles ganancias de grupos empresariales nacionales asociados a capitales extranjeros.

La privatización del gas fue escandalosa: todavía hoy se recuerda la figura del diputrucho, aquel empleado que ocupó una banca para levantar la mano y concretar un nuevo saqueo contra el patrimonio construido por generaciones y generaciones de argentinos.

Se profundizó, por consiguiente, el recorrido de las garrafas hacia el interior de la geografía.

Gas y petróleo argentinos formaron parte del negocio que tenía como destinatarios intereses ajenos a las urgencias de adentro.

Y a pesar de los cambios de discurso y de millones de votos que consolidan esas palabras que parecen ser distintas, los negocios de pocos no fueron tocados, al contrario, también se profundizaron.

De vez en cuando surgen las cifras que reflejan la reducción de las fuentes energéticas.

La consecuencia es la necesidad de millones.

Y también la verificación de que aquellos negocios de los años noventa siguen impunes, invictos y que no hubo ninguna mejora para los auténticos dueños del gas de los argentinos que son, nada menos, que los mismísimos argentinos.

Los datos del censo de 2010 confirman esa matriz.

En la Argentina 4,5 millones de hogares usan el gas en garrafa, de acuerdo a las cifras del Censo 2010 difundidas por el INDEC. Son casi 800 mil más que en 2001.

Y los más castigados, como siempre, los sectores empobrecidos de la sociedad: “El 60 por ciento de las familias que viven en piezas de inquilinatos usan garrafa. Y el 66 por ciento de las familias que viven en ranchos o casillas usan garrafa mientras otro 25 por ciento apela directamente a la leña o el carbón. A su vez, los distritos del Noreste (NEA), que tienen un menor ingreso por habitante, directamente no cuentan con el abastecimiento de gas por redes”, apunta la información proveniente del Instituto Nacional de Estadísticas y Censo.

No hay avance porque el negocio de la privatización del gas sigue en las mismas manos de entonces.

Hay necesidades porque continúa el negocio intocable de los años noventa.

Por eso miles de garrafas recorren las rutas argentinas.

No solamente van cargadas de gas sino también de los negocios impunes de los años noventa.

Una prueba más que en la Argentina del tercer milenio el saqueo continúa y que los necesitados de siempre son los que se quedan afuera de la riqueza que anida en la propia tierra que habitan.

Por Carlos del Frade (APe).-