Para pensar juntos: La gran mentira olvidar a Dios

La gran mentira es creer que olvidando a Dios vamos a pasarlo en grande. En los jóvenes esta mentira se manifiesta de formas diversas, pero no muy distintas de las que afectan a los adultos, supuestamente maduros. Un desquiciado culto a las bobadas materiales (cachivaches de nada) y a la perfección del cuerpo en detrimento del alma. La gran mentira es un despropósito. Y la pista en donde vemos su eclosión es en la tristeza.

La verdad es la felicidad. Y la felicidad sólo está en el amor de Dios. Hay que decir las cosas claras. En dicho AMOR radica todo lo demás, incluida la belleza que merece la pena y la libertad verdadera.

Alma: palabra que se define en el silencio, o en el color fucsia de unas violetas, o en la rosa mística del alba. O en el oleaje del agua, o en el vuelo azul de las águilas. El alma indaga en la manera más adecuada de ser feliz. Y la poesía busca almas que comprendan la belleza en cualquier circunstancia, almas que lean la luz y la noche…

Hay que ser valientes y salir de toda esta porquería. Cada uno sabemos muy bien de lo que se trata.

Escuchad, escuchad con un poco más de atención: son los otros, que nos hablan. Escuchadles, escuchad su confidencia o el parpadeo incesante de sus anhelos. Aunque no os lo digan necesitan de alguien que escuche su frustración o su herida. O su gozo. Y cada uno seremos entonces como esa orilla que recoge el rumor de las almas. Mientras sopla la brisa dentro del pecho y logramos que el mundo sea un poco mejor.

Abogada de los pecadores y tullidos. Amor de Madre. Femenino tacto. Su sonrisa está presente en cada alma que viene a verla. Nada está perdido. Nada. El órgano prorrumpe en un intenso estremecimiento. Del bolsillo sacas el rosario, y lo aprietas en tu mano, incapaz de otra cosa. María, mamá, Madre mía.

Un amigo me escribe: “Reza conmigo para que encuentre la felicidad. Y que yo me entere”.

Ser cristiano significa no dejar a Cristo para luego. Ya, ahora mismo. Decírselo. Escucharle, poner un poquito de más atención a la magnitud sobrenatural de la que estamos hechos. Dentro de un rato no, ahora, ya mismo. El amor apremia. La felicidad no admite más retardos.

El amor apremia siempre. Anhelo de vida y vuelo.

Creo que es hora de sacar un poco la cara por Dios y por lo bueno. Es hora de proclamar sin ambages que uno reza y que puede ser santo escribiendo palabras, o vendiendo en Zara, o limpiando las aceras. ¿Saben?, llega un momento que la cobardía cansa, y cansa la vergüenza, y cansa una vida sin alma. Y por lo tanto una literatura sin alma (¿sin alma hay literatura, hay vida que viva?).

La vida de todo y la santidad de todo. La vida del todo y el amor del todo.Aprender a respirar con el alma en definitiva y trascender así la inopia.

Nunca hemos estado tan necesitados de virtudes, de acciones virtuosas. En cualquier ámbito. Elijan. En cualquiera. Pero se prefiere el cultivo de lo obsceno, de la mentira a discreción, de la medianía. La virtud es una bofetada demasiado evidente. Por eso se opta por desacreditarla. Por activa, por pasiva y sobre todo por televisión. Y en eso están. Burla burlando.

Ay, poesía. Palabras y alma. La plenitud que buscas, el misterio que no entiendes, la vida misma. Poesía… Cualquier detalle si lo miras con un poco más de atención, como si estuvieras en medio de una plegaria.

Alma, sé consciente. Alma, escucha. Nada sin alma.

Siento la necesidad de invocar a Dios muy especialmente por las almas de aquellos poetas y escritores que forman parte de mi propia alma, que la hacen como es, que la impulsan misteriosamente hacia el Amor.

Ese tirabuzón en el aire y esa zambullida, y luego ese cuerpo mojado que va dejando un elástico rastro de alegría. Tú lo miras todo con pasión, porque sabes que no se perderá nada.

El arte, ese empeño por sacar a la luz el alma.

Eso quisiera, hacer de mi vida algo más santo.

El tema de rezar en ocasiones se hace muy complicado, árido, nada entusiasmante. ¡Hay tantas cosas por hacer! Aunque luego no hagamos nada, o sigamos cayendo por la desgana. Hoy sólo soy capaz de decirle a Dios: “Yo no, Tú sí”. Y prosigo.

¿Por qué se siguen escribiendo y leyendo vidas de santos? Yo creo que en primer lugar porque su alegría es un desafío existencial para cualquiera de nosotros, hombres que deambulamos tantas veces cabizbajos, sin saber muy bien qué hacer, consumidores de cosas vacías. Y esa alegría no pierde jamás la compostura, porque es de Dios. Y envidiamos esa fortaleza, esa paciencia, esa pureza, esa dedicación a los otros. Almas desnudas de afanes superfluos, almas entregadas, almas que nos interpelan mientras leemos. Sus vidas son atractivas porque estamos ayunos de autenticidad y de coherencia y de exigencia. Los cristianos vemos la santidad como para curas y monjas, o como un asunto que no está entre nuestros intereses, de tan imposible. ¡Somos tan pragmáticos, tan modernos! Vemos la santidad con prejuicios o como si no fuera con nosotros. Pero Dios se hace presente en nuestras vidas, y actúa y nos pone en el brete.

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