La piel de esta tierra tendrá otra herida: Gorriones bajo la pedrada

Desaparecen los niños en las calles multitudinarias, en los barrios populosos, en los rincones oscuros y polvorientos del conurbano. Desaparecen las niñas, con sus cargas de historia en la mochila. Desaparecen cuando van a la escuela. Con la bolsita del pan. Con los sueños hechos cristalitos apretados en las palmas de las manos. Con el peso del desamparo impuesto colgado de las zapatillas.

Cuando desaparecen, no las buscan. Y si las buscan, no las encuentran. Y si las encuentran, son un bracito tenue que asoma de una bolsa negra en el camino de una cartonera.

Destino desangelado el de los niños y las niñas en tiempos de peligro atroz, de tragedias que sólo expían los inocentes. Esta tierra los descuida, los olvida, los descuenta de sus balances. Los hace víctimas y además victimarios. Y les tira los perros feroces de la policía, la in-Justicia, los medios y la voracidad social.

Hace siete días y minutos que Daniela Loayza salió para la escuela. Y nunca llegó.

En Villa Lugano la piel se oscurece. Como se oscurece cuando la ciudad baja hacia el sur y se acerca a los tobillos metropolitanos. Es más oscura porque es migrante, trae las marcas originarias del norte, los éxodos de Paraguay y Bolivia. Daniela tiene ese color. Acaso no tan migrante era el color de Candela. Morenita de Hurlingam que estuvo diez días enteros lejos del mundo. Al séptimo la asesinaron. Daniela cuenta hoy el séptimo día de ausencia. Su cara redonda, de mansedumbre aprendida, está en los almacenes y en las columnas de alumbrado. La lleva su maestra en la solapa y su madre prendida en el pecho como un alfiler encarnado.

Se la tragó la tierra el miércoles cerca de las ocho, cuando caminaba hacia la escuela. Había pedido unas monedas para comprar gaseosa: cumplía años su maestra. Dicen que la vieron con la bolsita y la botella, con paso tranquilo y mirada en la vereda irregular.

Todos conservan en la retina la risa de Candela, como una cinta desplegada de una oreja a la otra. Todos en Lugano se mueren de miedo, como los niños que siguen yendo a la escuela pensando que se les va a abrir la tierra a los pies y se los va a devorar como se devora a los niños este tiempo infantofóbico.

Los vecinos y las maestras marchan por las calles con su carita agigantada en las cartulinas. Para hacerla visible una vez en la vida y por ahí lograr ahuyentar a la muerte que se derrama como reguero mientras los que deberían salvar a los niños y a las niñas se vuelven ciegos, sordos y paralíticos en la voluntad política e institucional.

Todos cierran fuerte los ojos para no ver otra vez a Candela, buscada por miles de policías en todos los rincones del conurbano, olfateada por perros, husmeada por helicópteros, espiada por las cámaras chusmas de los medios, pero sola. Aterradoramente sola. Y asesinada al séptimo día. Pagando el precio extremo que no pagaron los demás. Ni su familia, ni el Estado –policía, in-Justicia, Gobierno- ni la locura mercantil de los medios que la expusieron sin piedad. Que la victimizaron mil veces, que la dudaron, que le calzaron sospechas horribles a un cuerpito tenue de once años que no alcanzó a vivir ni un ciclo de mariposa.

Daniela tiene 13 y hace pocos meses llegó desde Bolivia. Su madre expone ante las escasas cámaras la piel oscura, con el surco originario de la resignación, la voz susurrante y sumisa y el solo relato de me la sacaron y la quiero conmigo.

Muchos dicen que la vieron. Que alguien la empujaba hacia delante ante su débil resistencia.

Pero nadie parece buscarla demasiado. Dice el Jefe de Gabinete que no son buenas las marchas. Que sólo producen confusión. “No se puede esconder eternamente. En algún momento, va a estar en la calle y ésa es la forma en la que se encontró a la mayoría de los niños”, dice Aníbal Fernández con toda soltura. Es la respuesta que suelen dar las instituciones cuando los niños desaparecen. Se habrá ido. Se habrá fugado. Un novio. Una discusión familiar. De acuerdo. Tal vez. Pero ¿y si no? Cuando ya, fastidiados, la policía, la in-Justicia o el poder político deciden levantarse de la silla, suele ser tarde.

La suerte de Candela no fue pedagogía para nadie. Salvo para el espanto de la comparsa policial, que ya no la busca como a la chiquita asesinada, con mil policías, centenares de allanamientos y perros adiestrados. La Presidenta no recibe a su madre, manda a su funcionario hablante a decir que es una fuga de hogar. El Gobernador no se para en la esquina de la casa de Lugano. Ni los medios les instalan cámaras hasta en el baño.

Tal vez Daniela –esté donde esté- con su carita de estoicismo ancestral de los altos de Bolivia, no genere los horrores de papel maché que alzó Candela y que se diluyeron con testimonios truchos y responsabilidades intrafamiliares que creen que eximen de culpas al Estado.

Daniela –esté donde esté- vive el séptimo día lejos del mundo. Si su vida se apaga como la de un gorrión tras la pedrada, la piel de esta tierra tendrá otra herida. Y los brazos del Estado, otro nombre a fuego en su tatuaje infinito.

Por Silvana Melo (APe).-