El diario hablaba de ti: Cabeza de león

Contrariamente a lo que Joaquín Sabina canta, el diario hablaba de ti, Angelito Rojas. Pero pronto, quizá mañana mismo, no hablará más. De Candela seguramente seguiremos hablando, quizá por haber sido trágica profeta en esta maldita tierra. Sabemos que el misterio, lo complejo, la sin razón de la razón que asusta, tiene siempre eco en aquellos que esconden su propia voz. Cuando lo esencial es visible a los ojos, el olvido es más sencillo. “Ah sí, ya se sabe”, dicen que dicen los que nada importante dicen.

Y la llamada naturalización, que nada tiene de natural, opera con la misma eficacia que un esterilizador de conciencias. Los desaparecidos en democracia, son todos desaparecidos políticos. De diferentes políticas, pero siempre en relación a las decisiones de los funcionarios responsables de formas atenuadas de la “solución final”. Como farmacológico es un eufemismo para decir que el gatillo fácil, demasiado fácil, transformó un adolescente en un zombie. Una de las formas brutales en que la lucha de clases deja paso al exterminio.

No de una persona, sino de todas las personas que cada persona es. Por eso creo que el asesinato de los santos inocentes siempre es genocidio, aunque esté encubierto y camuflado en la retórica reaccionaria de los comunicados oficiales. Por eso creo que hay muertes de una indignidad tal que me indigna, me asquea, me subleva. Muertes que obligan al grito, al insulto, al odio, a la venganza. Muertes que provocan más muertes, porque tampoco el amor puede sostener las toneladas de dolor que toda masacre genera. Y hay otras muertes, aquellas que podemos denominar dignas. Y son aquellas que apenas son una forma de vivir de otra manera.

Cuando la muerte aparece en la continuidad de una vida digna de pensamiento, de actos, de creación de nuevos horizontes. Muerte que no es muerte sino apenas cambio de escenario, de vestuario, de escenografía. “No moriré del todo”, como dice Horacio en sus odas. Y quizá, con el perdón de Horacio, pueda decir que no morirá en nada. Nada de él morirá, a diferencia del angelito baleado, que morirá del todo. Aprendí en sus clases que si toda vida es vida cultural, toda muerte es muerte cultural. Y entonces, y acá me guío por una idea de Vicente Zito Lema, la resucitación es posible. Y necesaria. Porque la muerte cultural tiene su propio límite en la cultura que se ha engendrado, preñado espíritu y pensamiento para seguir pariendo.

Porque se puede escribir después de la muerte, como sigue escribiendo Silvia Bleichmar. Porque se puede pensar después de la muerte, porque cuando se abren los diques de la cultura represora, aparece un pensamiento pleno que tampoco se puede parar. La parca no puede triunfar cuando la siembra ha sido generosa y la cosecha es eterna como eternos serán los campesinos de esa tierra nueva. Crueldad de la cultura que impide que millones se asomen a esa tierra prometida del verdadero pensamiento.

Millones que no están en coma farmacológico, pero están en coma televisivo, mediático, político, económico, incluso amoroso. Viven solamente porque están asistidos por las máquinas que el sistema implanta para ese gran simulacro que algunos llaman “me siento bien”. Pero de lo que se trata es de sostener el corte, la ruptura, el desconcierto. Pensar, por ejemplo, la aventura irresponsable y criminal de la denominada “guerra de Malvinas” que impulsó un general majestuoso para perpetuarse en el poder-joder, como un mecanismo para limpiar la guerra sucia. O pensar que desde el individualismo burgués y sus límites, Freud iba a encontrarse con la cruz de la clase media y media alta, incluso alta, y que lo iba a alejar de la marea de las masas revolucionarias. El desafío era que Marx y Freud fueran diferentes formas de hablar de lo mismo.

Por eso escribió: “el sujeto es núcleo de verdad histórica”. Pero claro: histórica pero no de historias oficiales. Hay que bucear en el fundante del sujeto para que esa verdad pueda asomarse. Y ese fundante, organizado como inconsciente histórico, social y libidinal,  no llega sino que tenemos que ir a buscarlo. Con menos talento pero con igual empeño, yo lo fui a buscar en la creación del psicoanálisis implicado. Y el Movimiento Chicos del Pueblo permitió un encuentro que lo denominé Crónicas de Trapo.

Pero antes estuve cerca, muy cerca, como alumno y como amigo, del pensador y militante que algunos creen que ha muerto. Quizá siga discutiendo con David Viñas, porque a León Rozitchner le gustaba la luz, pero más la discusión vehemente que la posibilitaba. Quizá resolvió no discutir más, o discutir de otra manera, o que nosotros sigamos algunas de las peleas que él comenzó. Yo hacía más de 10 años que no tenía trato directo, cercano, amistoso. Lecturas de sus libros, quizá muchas lecturas de los pocos que leí de los muchos que escribió. Pero que fueron semillas que me atrevo a pensar encontraron buena tierra, o así al menos me lo dicen mis alumnos que fueron a encontrarse con sus libros luego de una “suave sugerencia” mía. En esta tierra donde las madres del dolor nos enseñan que no solo parirás con dolor sino que vivirás siempre con él, León  construyó una trascendencia sólida.

A contramano de tanta proclamación de lo líquido, lo fluido, lo efímero. Solidez que no se desvanecerá en el aire. Llegó para quedarse. Y amplificarse. La cultura represora habilita para los ángeles caídos sólo dos lugares posibles: ser cola de león o cabeza de ratón. Furgón lastimero de los poderosos o vanguardia sufrida de los desocupados y desterrados. El talento de Rozitchner le habilitó un lugar que la cultura represora no pudo anticipar: ser cabeza de león. Y sus rugidos atronarán por los siglos los cerebros de los represores hasta que estallen. En ese momento, también Angel Rojas saldrá de su coma farmacológico para encontrar su propia eternidad.

Por Alfredo Grande (APe).-