Hipocresía: ¿No eran para mejorar?

Desde pequeños sabemos que las cárceles de la nación, además de sanas y limpias, no son para castigo de los recluidos en ellas, sino para que quienes purgan una condena, una vez cumplidos sus términos y saldada la deuda que la sociedad les ha cobrado, recuperarlos para integrarse nuevamente a ella. Nadie está en desacuerdo, por lo general, con esta premisa, pero en la práctica suelen ocurrir cosas inexplicables, más si los protagonistas son personas que ocupan, entre nosotros, lugares de cierta responsabilidad social.

Hace unos años llegó a nuestra Unidad 11 una persona joven que debía completar su condena en la cárcel de régimen abierto de nuestra ciudad en razón de haber observado, durante el tiempo de reclusión, una conducta ejemplar.

Esa persona había pertenecido a una fuerza de seguridad y, él mismo lo reconoce, terminó como corrupto. Fue juzgado y condenado como ya relatamos y, en sus últimos años de condena, el destino lo trajo a Baradero.

Aprovechando que el régimen de la Unidad 11 permite salidas laborales a los internos, un jefe de esa unidad carcelaria, le buscó trabajo en la ciudad y así fue que durante los últimos meses de condena trabajó como uno más y, tal vez el buen trato que le dispensara nuestra gente hizo que decidera dar un paso fundamental en su vida: traer su familia a Baradero.

Una empresa local le dio trabajo y fue un destacado empleado del lugar, ínterin, comenzó a estudiar un oficio que ayudara a mejorar su calidad de vida. Lo que comenzó como un trabajo auxiliar, a poco andar se transformó en la principal fuente de ingresos del hogar. Llegó esa situación a un punto en que la familia debió plantearse qué hacer, si abandonar el trabajo en la fábrica y dedicar todos los esfuerzos a la otra y nueva tarea, independiente, o seguir con los dos asegurándose el sustento mínimo. En una muestra de la fe que  se tiene este hombre al que conocemos de hace tiempo, optó por arriesgar renunciando a la fábrica, adonde puede volver cuando quiera, y dedicándose a su oficio el cual mejoró mediante cursos que lo llevaron a ser un trabajador especializado, cosa que le permitió, además de trabajar por su cuenta con mucha clientela, ser docente de su especialidad.

¡Qué alegría nos provoca a todos una historia como esta! Una persona llega a Baradero en carácter de condenado, termina  su condena dispuso y se queda a vivir entre nosotros, sin atisbos de su pasado, sin mácula, pues pagó su deuda tal como la sociedad dispuso y, además, consigue trabajo, se supera en lo personal y termina siendo un  profesional y también docente.

Parece que, el viejo dicho, no hay felicidad completa, en este caso se ha cumplido ya que ahora, cuando se han superado tantas contrariedades, cuando parece que el cielo está a alcance de la mano, hay quienes se ocupan de complicar las cosas.

El tiempo trabajado como docente por el sujeto de esta historia, hizo que se pensara en titularizarlo, pero apareció en escena un directivo de escuela que solicitó al Consejo Escolar local que no titularice al docente en razón de su pasado carcelario. Es de imaginar que nuestro Consejo Escolar, como órgano democrático representante del pueblo de Baradero, escuchará al directivo y nada más que eso. No podemos imaginar otra cosa.

Como si lo anterior no bastara para que brote la indignación, se suma algo. La tarea que el hombre desarrolla, tiene relación, inevitable, con una empresa de servicios. Esa empresa tiene un gerente que, según ha trascendido, se ocupa de desacreditar al trabajador ante sus potenciales clientes. Si bien esa actitud no se justifica bajo ningún aspecto, puede uno pensar que la crítica de ese jefe se hace en razón de la deficiente tarea que pueda prestar el hombre pero no se trata de eso, el descrédito es de este tenor: “Tenga cuidado Sr/a. que este hombre es un ex presidiario”.

Sabemos los nombres de todos los protagonistas que, por una razón de prudencia y esperanza de que reflexionen, hemos omitido, pero si las cosas continúan por los carriles descritos, no vacilaremos en volver a escribir la historia, pero esta vez con todas las letras.

Las cárceles son para recuperación de los internos.

Un comentario en “Hipocresía: ¿No eran para mejorar?

  1. Ojala todo se solucione, en el mundo hay gente mala pero en todos los estratos sociales, pero seguramente como la sociedad naturaliza los estratos sociales como si vinieran determinados “de arriba”, capaz no sorprende q la mayoria de los preso sean de clases bajas. Pero como dije la maldad esta en todas las clases sociales, si la mayoria de los presos son de clases bajas eso quiere decir q la mayoria son recuperables y q seguramente la razon de su delito se deba al ambiente marginal donde habita y lo fomenta.
    A la sociedad le combiene recuperar a la gente, es mas productivo fomentar que un preso o ex presidiario trabaje a marginarlo, lo q provocaria no solo q no produzca nada sino q tmb se termine recintiendo aun mas con una sociedad q lo sigue marginando y vuelva a cometer delitos.
    Los mayores delitos no los hace un pobre, siempre se mira a la gente equivocada.

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