Opinión: La nostalgia y su contrapunto

En una interesante conferencia que dio hace poco en la Academia Francesa, Michel Serres aludía al cambio sideral que se ha producido en las nuevas generaciones respecto de las inmediatamente anteriores, en todos los órdenes.

En ella da cuenta del inmenso cambio de la relación de los nuevos adolescentes -que hay que educar- con el mundo: la relación con la naturaleza, la esperanza de vida, la sexualidad. Este hombre no ha sufrido la guerra, el hambre, la rusticidad, y no conoce, no integra ni sintetiza el mundo como sus antecesores. Todo ha cambiado. Sin que casi lo hayamos percibido, un nuevo ser humano ha nacido desde la Segunda Guerra Mundial. Uno podría coincidir con la descripción de Serres y agregar que espíritus épicos como los de un Nikos Kazantzakis o un Hermann Hesse ya no son casi posibles en esta era, cuyo formato va sacrificando la profundidad a favor de lo episódico. Sin embargo, también podemos preguntarnos, como contrapunto: ¿cuán válida es la nostalgia que evoca el planteo? ¿Habremos de considerar la nueva situación como una pérdida o como un desafío de otro orden?.

Porque, si bien existe la tentación de comprender la historia, y muchas veces la propia vida, a la luz de “todo tiempo pasado fue mejor”, de alguna Edad de Oro que hemos dejado atrás, de un paraíso perdido, otra posibilidad es comprenderla como secuencias que no pueden ser colocadas sobre una misma escala, y que no pueden ser comparadas entre sí, al estilo de las rupturas paradigmáticas que enunciaba Thomas Kuhn. En realidad, cada vez, no se trata sólo de un nuevo hombre, sino de un nuevo mundo. En este sentido, hay una cita de Nietzsche que dice: “No es verdad que el fin inconsciente, en la evolución del ser consciente (animal, hombre, especie humana), sea la dicha máxima. Hay más bien, en cada etapa de la evolución, una dicha específica e incomparable, ni superior ni inferior, simplemente singular, a buscar y a conquistar”.

Uno podría pensar, en esta línea, que en cada época histórica -así como en la niñez, juventud, adultez y vejez- hay una perfección propia, que no es comparable ni colocable en la misma escala con etapas anteriores, y que esa perfección es la que uno debe intentar buscar y conquistar, no la añoranza de lo que ya no está a mano. En esta lectura de las cosas, las secuencias de una vida o de una época tienen un sentido propio que debe ser encontrado dentro de cada una de ellas, nunca por oposición a otra. No habría así una evolución para la dicha, sino su reedición bajo nuevos formatos. Para esta lectura, la nostalgia es un termómetro que señala cuánto nos falta para encontrar sentido en lo que hoy vivimos, tanto o más que un dato de valor sobre lo que ha ocurrido en otro momento. Cada uno puede elegir: la nostalgia es protectora, hasta cierto punto, porque se aferra a un sentido preciso, aunque yazca en el pasado. Su contrapunto, en cambio, se encuentra a la intemperie del sentido, pero no padece la tristeza de lo que ya no está.

Por: Enrique Valiente Noailles