Para pensar juntos: La violencia está allí, siempre lista

Partamos de una premisa: Nadie es “manso” congénito. La mansedumbre no es innata, en el sentido de la bienaventuranza. Para lograr la “mansedumbre” hay que tener valores poco comunes. Uno puede nacer con espíritu tímido, apocado, corto, débil. Pero manso, no. Vivir la mansedumbre es adquirir un modo de vivir virtuoso. Y no hay otro.

La violencia está allí, siempre lista, cuanto más orgullo más violencia; cuanto más resentimiento, más violencia; cuanto más egoísmo más violencia…

El débil que no acepta su condición encontrará siempre una razón para mantener su violencia. Fedor Dostoievski en “Crimen y Castigo”, describe los soliloquios del estudiante Raskolnikov, previos a la muerte de una mujer anciana, usurera, a la cual debían acudir todos los estudiantes para empeñar sus bienes y seguir viviendo. Quería robarle. “Si la matase y se destinase su fortuna al bien de la humanidad –se pregunta- ¿que crees tú que un crimen, si eso fuese uno, no estaría largamente compensando por millares de buenas acciones?”.  Y razona así: “Por una sola vida millones de vidas arrancadas a la perdición; por una persona suprimida, cien personas devueltas a la existencia. Se trata de una cuestión aritmética ¿qué pesa en las balanzas sociales la vida de una vieja necia y mala?. Poco más que la vida de una hormiga o de una cucaracha; me atrevo a decir que menos…”. Así justificaba Raskolnikov su delito. En la malignidad de la vieja encuentra la justificación de su acto.

El violento posee un rápido razonamiento para perdonarse. La conciencia es la norma subjetiva de la moralidad y es el resultado de la educación recibida. Si bien el primer principio del orden moral está escrito en la razón de todos –el bien debe hacerse y el mal evitarse –el arribo a la conclusión no es tan directo. El mandato de la razón recta pasa por muchos pasillos. Así el que no vive como piensa, terminará pensando como vive.

Se podrá decir que siempre hay una primera vez –y que entonces esa primera vez no es punto de la conciencia deformada. Y es cierto, porque la primera delincuencia es fruto de una claudicación eficiente. Llámese claudicación de la verdad, o de ideales, o de principios. “¿Cómo hacer” –nos seguimos preguntando- para ser mansos?. Primera respuesta: no justificarse. Toda violencia es siempre injustificada y no podrán invocarse nunca motivos sino sólo excusas.

LA QUEJA ES VIOLENCIA

Una palabra sola, pero mal dicha puede engendrar violencia. La mayoría de la gente que es violenta está furiosa consigo mismo, pero no lo sabe del todo o mejor dicho, lo sabe pero no lo cree. Lo mismo que los que odian a los demás: alguna vez han comenzado por odiarse a sí mismo. Por eso se quejan. Y su ambiente, su prójimo, su familia, sus amistades, se transforman en un gordo libro de inútiles quejas.

Los quejosos están convencidos de que no son violentos, sino que sufren circunstancias que ellos no causaron. Y es cierto, no son violentos, pero engendran violencia. ¿O acaso alguien olvidó la experiencia, en un día de sol, con brisa primaveral, con un amanecer de buen humor, de plena salud, encontrarse con un quejoso en la vereda de su casa?. ¿Sigue igual?. ¿O lamentará haberle encontrado?. ¡Y después dicen que los quejosos no son violentos!.

Es preocupante la queja nuestra de cada día” porque es como andar con la espada desvainada y lista para hundirla en el primero que esté dispuesto a escuchar.

La queja es violencia envuelta en papel de regalo.

Podemos ser violentos en nuestro lenguaje. ¿No es notorio la gran cantidad de insultos que tiene el diccionario castellano?. ¿Y los que ni figuran en la lista de la Real Academia?. ¡Miles!. ¡Son miles!. Cada día aprendemos nuevos. ¡Y de los más ocurrentes!.

A veces no insultamos, pero somos violentos con nuestro tono. Un acento mayor a una palabra inocente o elogiosa puede convertirla en un insulto. Impresiona –pesa mucho, el uso de esos tonos que transforman el uso original en hiriente ironía.

Es violencia cualquier forma de injusticia cometida contra el prójimo, aunque le pongamos el sobrenombre de “ironía”, o de “queja”.