Para pensar juntos: Del sufrimiento a la vida

El dolor pega en el estómago, seca la garganta y nos quita el apetito. Una persona envuelta en el dolor se hace esclava de su propia tristeza y tiende a aislarse quedando en una soledad muy amarga. Tan amarga que interpreta que su sufrimiento no es entendido por nadie. Esa soledad es mala consejera y de ahí las personas que se quitan la vida en momentos de desesperos y ondas penas.

No hay que olvidar a Jesús, quien vivió un sufrimiento y a gran escala. Claro, era Dios, pero en su vida no tenía porque sufrir y como cordero al matadero se ofreció por todos. Jesús por haber sufrido si conoce el dolor y sabe de nuestro padecimiento. No podemos olvidar aquello: “vengan a mí todo los que están cansados y agobiados que yo les aliviaré” Jesús asume todo el dolor desde la cruz. Una cruz que era maldita la transforma en  bendición y tabla de salvación. Por eso no es un simple madero donde se colgaban a los malos. Es una cruz redentora de donde viene la salvación del mundo.

Entiendo que muchos no queremos que nos alivien con frases sacadas de la Biblia, sino que exigimos que el dolor desaparezca. El dolor siempre estará y es imposible por nuestra vida y acciones quitarlo. Dios sale al encuentro de los hombres, de la humanidad de una manera diferente a como esperamos o deseamos. Por tanto, no hay que maldecir la enfermedad hay que ver más allá. Por ejemplo: darse cuenta que tenemos familiares que nos acompañan, que podemos comprar las medicinas, que el médico acertó con el tratamiento, que encontramos cama y auxilio para que la operación se llevara a efecto y con triunfo… Hay una serie de acciones que nos hablan de la presencia de Dios. Hace unos días conversaba con una señora que tiene cáncer y en medio de su fe, me pedía la bendición para ir a Barcelona a encontrar las medicinas. Al regreso le pregunte. ¿Las encontró? Me respondió. ¡Con Dios todo se encuentra y se puede! Es una persona con cáncer, pobre pero está viviendo un progreso en su fe e inmediatamente un desarrollo positivo frente a la enfermedad. El cáncer sigue ahí, el dolor lo siente pero hace suyo “Cristo y yo mayoría aplastante” Esa es la diferencia entre una persona de fe y otra que se refugia en la soledad y la tristeza.

Mirar la cruz no es ninguna aberración, todo lo contrario, es mirar y buscar la fuerza para entender que necesitamos de Dios para continuar el camino y que ese camino no siempre está lleno de rosas fragantes. Pensar que un camino no tiene bajadas y subida es ignorar el riesgo del caminante. Nadie puede podar la cruz o quitarle un pedazo por comodidad. Es esa cruz y basta. Así habrá que entenderla porque hay otras cruces en “otros” de mayor peso y de tamaño escalofriante que comparada con la propia resulta risible en cualquier concurso y terreno.

Hay que tomar una decisión frente al sufrimiento. O lo quito  a como dé lugar, cosa que es rápida, pero atormentadora o lo coloco, donde de verdad cabe y pertenece, al lado de Jesús que lo asume y lo entiende. Un sufrimiento asumido desde Jesús ya no es mero dolor o padecimiento que esclaviza en la desesperación. Es un dolor ofrecido con conciencia y con una claridad que hace reinar en el corazón una paz para experimentar confianza y esperanza en el Señor. Es poder decirle a Jesús: aunque sufra reconozco que a su lado descubro un aliento de vida que me hace añorar, soñar y a la vez poder conversar con mi familia que está bien preocupada.

Es fácil huir del dolor para encerrarse en un mundo de tormentos y tristezas. Es fácil utilizar medio inmorales para acabar con el dolor. Se hace muy fácil culpar y hasta maldecir para descalificar y romper la paz familiar como si ellos fueran los diseñadores de la enfermedad o padecimiento. Lo que realmente se espera de un buen cristiano y de una persona de principios es poder descubrirle en su mirada, en sus palabras y en su accionar la presencia de Dios sanador y compañero de camino. Se espera que pueda ofrecer el dolor y olvidarlo para pensar en los otros que sufren más. Se aguarda para poder escuchar una palabra llena de aliento y reconocimiento al valor de la vida.

Nadie se muere la víspera. Para morirse hay que estar, simplemente, vivo. Un cadáver no muere. Una persona muerta por dentro no tiene porque morir ya está completamente muerta. Si muere la esperanza, si mueren las ganas de vivir el cuerpo es un parapeto donde abunda la tristeza y la frustración. Vivir así es morir a cada instante.

No puedo terminar sin antes  recitar aquella oración tan sentida por la reina Esther a Dios cuando se encontraba ella y su pueblo en peligro frente a sus enemigos: “Con tu poder, Señor líbranos de nuestros enemigos. Convierte nuestro llanto en alegría y haz que nuestros sufrimientos nos obtengan la vida”.