Para pensar juntos: Viejos sí, pero no amargados

Todos necesitamos comprender que cada día es un comenzar a envejecer.

A cada rato estamos viendo y observando a personas que viven en una constante frustración. Por ejemplo: Maldicen porque son feos. Rabian porque le salen las canas y se les acaban las ganas. Reprochan las arrugas que las llaman marcas de años buenísimos. Murmuran en voz alta los dolores de huesos en la fastidiosa artritis. Sufren de calenteras cuando al despertar encuentran rollitos de pelo sobre la almohada. Tragan amargo y muy despacio cuando algo duro llega a su boca por falta de dentadura. Gritan consignas en contra de los jóvenes que desperdician la juventud que ellos tanto añoran…

Viejos sí, porque los años no pasan en vano. Viejos sí porque no son muchos años sino que se sufre de acumulación de días. Viejos sí, porque trotan y hacen ejercicios para mantenerse. Viejos sí, porque no le ponen años a su vida, sino vida a sus años. Viejos sí, porque saben aceptar las enfermedades de su edad y siendo conscientes la combaten con mayor rapidez y solvencia. Viejos sí, para seguir hablando de la historia y las tradiciones…

Todos necesitamos comprender que cada día es un comenzar a envejecer. Que cada cumpleaños más que una celebración, es un acercarse a los años del no retorno. Que no podemos consentir la mentira de negar la edad, de esconder la cédula y de olvidar la fecha de nacimiento. Que no podemos seguir sufriendo por la blancura o la caída paulatina del cabello. Que es natural que nuestra piel se arrugue, se manche y se vuelva escamosa. Que tenemos que ayudarnos con las ya conocidas poli vitaminas o las cremitas que suavizan, embellecen y esconden.

Envejecer es hoy en día un drama muy común en muchos de nosotros. Claro hay otros que tienen mayor suerte por no decir más real. Unos que tienen la posibilidad de recurrir a la cirugía estética, al estiramiento y a los implantes para sacar, meter, perfilar o recortar.

Mi madre solía decir que la vejez había que disimularla con buenas lecturas, tónicos capilares y sobre todo estar siempre de punto en blanco. Pero jamás le conocí una mala palabra o una queja contra los años. Aunque admiraba a María Felix, Libertad Lamarque, Sarita Montiel, Doris Wells, Amalia Pérez Díaz… Las cuales las llamaban las eternas jóvenes con mucha plata para tapar y embellecer. Jamás la noté amargada por los años, al contrario, celebraba la vida y esa vida la presentaba a todos con alegría y satisfacción. Además, masticaba chicle pues decía que al hacerlo le hacía recordar muchas cosas.

Pienso que un remedio infalible para sentirse joven es y debe ser la RISA. El buen humor es salud. No recuerdo cuantos músculos se necesitan para estar bravo y cuantos para sonreír, pero lo que sé que para reír son poquísimos. Ese estar bravo nos produce un envejecimiento prematuro que va muy unido a las preocupaciones. No solamente envejece la cara sino también el corazón. La risa libera. El humor relaja. La risa, no la carcajada, nos libera de los simulados problemas. Esa risa, que es desaprovechada por los amargados, es la mejor brillantina para la lindeza externa que tanto nos preocupa, sobre todo a las mujeres y si son coquetas mucho más. Además, esa risa, ausentes en muchos, es la mejor medicina y tónico para la vida interna. Cómo diría la doctora Gilda, esa excelente Pediatra: “riendo, los músculos trabajan regularmente, la digestión funciona plena, la presión arterial se mantendrá estable y el apetito aumentará”.

Conozco a muchos que les cuesta reír. A muchos que viven amargadamente porque se han peleado con la risa y hasta la han corrido del ambiente familiar produciendo grandes retrocesos para la solución de problemas. En estos días presencie un hecho muy particular. Llegué a una dependencia pública a solicitar un servicio. La persona encargada tenía una cara de perro que me provocó decirle el nombre del perro que mi abuelo le echó en la boca picante para que se pusiera más bravo de lo que era. Su nombre era “bestia”. ¡Qué cara! Y la mirada tenebrosa. NO sé, pero esa persona que atendía esa oficina, debía tener como un dolor muy agudo o estar pasando por una situación muy difícil que decidí venir otro día. ¿Sabe por qué? Porque lo feo y lo malo se contagia.

Una persona que no acepte su vejez camina con el plomo de unos zapatos apretados en la rabia de no aceptar el recorrido normal de la vida. No aceptar la vejez es no aceptar la realidad de un almanaque que no necesita que sus hojas sean arrancadas pues el mismo viento o simple brisa los hurta para ponerlos a volar en el tiempo.

Una oración que leí hace tiempo:

Señor déjame envejecer pero no me dejes de amar.

Señor deja que mi piel se arrugue, pero no me dejes de aceptarme como soy.

Señor deja que las enfermedades vengan, pero no me dejes sin fuerzas para combatirlas.

Señor deja que mi cuerpo se debilite, pero no me dejes temblando en la soledad.

Señor déjame reconocer mis pasos con los pies un poco cansados, pero que no se me olvide que en cada paso tu me llevas cargado en los brazos.

Hay un proverbio chino que dice que “el hombre que no sabe sonreír no puede abrir una tienda” y hay otro dicho que sugiere que “si alguien está tan cansado que no puede darte una sonrisa, lo mejor que puedes hacer es darle la tuya”.

Autor: Padre Marcelo Rivas Sánchez