Para pensar juntos: Trigo y Cizaña, cuando la botánica no basta

“Siendo Tú el dueño de la fuerza, juzgas con misericordia y nos gobiernas con delicadeza” (Sab 12,17)

Se dice que el poder corrompe; y el poder absoluto, corrompe más todavía. Todo poder humano termina siendo opresivo, dominante y abusivo. Pero hábilmente tratamos de disfrazarlo con términos y frases estereotipadas: “Quien obedece, no se equivoca”; “es la voluntad de Dios”; “es el poder del pueblo”, etc.

Nos han hecho pensar que la compasión es debilidad y la humildad es virtud de tontos. La Biblia no piensa igual: “Siendo Tú el dueño de la fuerza…” Se requiere mayor fortaleza interior para dominar la ira, que para darle rienda suelta. La violencia es el recurso irracional de los cobardes.

La autoridad que no está orientada a servir y hacer el bien, pierde legitimidad. Hay que contemplar a Dios y el uso que hace de su poder: todo lo orienta hacia la vida, a nuestra protección, a dar respuestas a nuestras súplicas, a atender a la humanidad, a mantener un orden preciso en la creación, a consolar, a renovar, a crear, a levantar, a salvar.

Juzgar con misericordia y gobernar con delicadeza, es la sugerencia nos hace esta lectura a los que, de una u otra forma, tenemos autoridad sobre otras personas, en el hogar o en el trabajo.

La Parábola del Trigo y la Cizaña (Mt 13,24-43)

Esta parábola contiene muchos detalles que contrastan. El primero de ellos es que el dueño del campo siembra y el enemigo hará lo mismo después, solo que ambos sembrarán semillas distintas. El amo hace su trabajo de día. El enemigo lo hace a hurtadillas, aprovechando las tinieblas de la noche y el sueño de los labradores, empeñado en destruir el trabajo de otros (aunque ahora el mal trabaja descaradamente a plena luz).

En mi vida, me he hecho esta pregunta con frecuencia. ¿Cómo es posible que haya personas que disfrutan haciéndole daño a otras? Siembran intrigas, serruchan el piso, esconden su incapacidad echándoles la culpa a otros. Lo peor de todo es la hipocresía con que te sonríen y luego te “juegan la vuelta”.

Pero Dios es el dueño del campo y también del tiempo. Aunque ante situaciones difíciles nos desesperamos y nos precipitamos, Dios no cae en la impaciencia. Los labradores de manera intempestiva querían arrasar con la cizaña. Pero el amo sabe que hay un riesgo: que la prisa nos lleve a cometer más errores.

Si bien podemos acertar en el diagnóstico, el remedio que aplicamos no siempre es efectivo. Cuando los hijos se rebelan, los padres se endurecen. Si bien la disciplina es muy importante, hay que preguntar si parte de la rebeldía no es un reclamo legítimo que demanda más tiempo, afecto, cercanía y atención. Y esto vale también para las parejas.

Los trabajadores preguntan al dueño del campo ¿De dónde salió la cizaña? ¿Acaso no sembraste trigo?

¿Y si parte de esa cizaña salió de nosotros mismos? Porque todos pensamos que el mal es hijo de padre ajeno. Pero nuestra negligencia y nuestra indiferencia pueden engendrarlo. Cada vez que no amamos ni hacemos lo suficiente, eso nos convierte en partícipes y cómplices del mal.

Con tanta frecuencia como precipitación, juzgamos a los demás, no por lo que son, sino por lo que fueron, colgándoles a la espalda su pasado y sin permitirles un cambio, una mejoría o ruta distinta. El intolerante jamás tolera en los demás lo que él no aguanta, pero no puede evitar, en sí mismo.

La mayoría hemos utilizado ese viejo truco con alguien que no nos cae bien: lo etiquetamos como cizaña para justificar nuestros ataques.

No podemos simplificar las ecuaciones pensando ingenuamente que en nuestro campo solo hay trigo. Nuestra vida no está exenta de cizaña, como si hubiéramos encontrado una vacuna infalible. Tenemos la ardua tarea cada día de cultivar en el corazón el buen trigo y limpiar la maleza que ha crecido por negligencia.

No pensemos de primas a primera que poseemos el herbicida infalible para la cizaña o la terapia radical más efectiva para eliminar la mala hierba. Tampoco podemos resignarnos y quedándonos de brazos cruzados.

Dios no se muestra conformista. Cuando detiene la intemperancia de sus trabajadores, es porque la forma eficaz de erradicar el mal no es con acciones de venganza. El odio y el mal se fortalecen cuando los alimentamos con más odio.

Porque aunque en el reino natural la cizaña no cambia, en el plano humano, el amor paciente y perseverante puede transformar en buen trigo la cizaña.