Para pensar juntos: Democracia, política y bien común

Hoy se inicia un nuevo período constitucional de gobierno. Este hecho nos permite reflexionar sobre el sentido y la exigencia del bien común, como una realidad llamada a crecer lejos de: “intereses egoístas y posturas intransigentes que fragmentan y dividen” (Hacia un Bicentenario, 12). Es común definir la política como el “arte de lo posible”, no está mal, pero temo que a veces sirva para justificar la “buena cintura”. Sería preferible definirla como el “arte del bien común”, es decir, una actividad ordenada a crear las condiciones que hagan al desarrollo integral del hombre.

No hay democracia posible, decíamos en Iglesia y Comunidad Nacional: “sin una leal convergencia de aspiraciones e intereses entre todos los sectores de la vida política con miras a armonizar el bien común, el bien sectorial y el bien personal, buscando una fórmula de convivencia y desarrollo de la pluralidad dentro de la unidad de objetivos fundamentales” (ICN. 127). Tal vez nos debemos un acuerdo sobre estos “objetivos”.

Transitamos el tiempo celebrativo del Bicentenario: 2010-2016. Esto me lleva a volver a proponer algunas metas de aquel camino: “Hacia un Bicentenario en Justicia y Solidaridad”. Ya el título es todo un programa. Es importante, ante todo, poner el acento en el valor insustituible de la persona. La integridad moral y coherencia del dirigente es un testimonio que debe animar y elevar por su ejemplaridad a la sociedad: “Todo líder para llegar a ser un verdadero dirigente ha de ser ante todo un testigo” (Ap. 394).

Así como la política es parte de la ética social, la democracia, como forma de gobierno necesita de principios y valores que orienten su ejercicio: “Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto” (C. A. 46). El servicio de la política es la noble y necesaria mediación entre las ideas y la realidad. La ausencia de ella nos ha dejado heridas que aún debemos sanar. La calidad institucional, por otra parte, a través de la plena vigencia e independencia de los poderes: “es el camino más seguro para lograr la inclusión social” (n. 35).

Entre las metas que proponíamos en este camino hacia el Bicentenario me permito recordar algunas de ellas. “Recuperar, decíamos, el respeto por la familia y por la vida en todas sus formas”. Familia y Vida son dos realidades que deben ser valoradas y acompañadas. El cuidado de toda vida humana define el nivel de una comunidad. Hay un cierto subjetivismo cultural que relativiza el valor y la exigencia moral que presenta esta realidad. ¡Qué triste, y que grave, cuando estamos ante la responsabilidad de tutelar el primer derecho de una vida naciente, y aparece la posibilidad del aborto como respuesta política!

Debemos incluir en esta defensa de la vida el flagelo de la droga que avanza, y reclama una urgente y decidida acción. Debemos apostar, por otra parte, a un efectivo acompañamiento de la familia como primer ámbito donde se viven las relaciones de filiación y fraternidad, que son el marco natural que da solidez a la persona y sentido de pertenencia a una comunidad. La familia no es un discurso del pasado sino garantía de futuro en una sociedad libre.

También, decíamos: “Avanzar en la reconciliación entre sectores y en la capacidad de diálogo”. No podemos crecer como sociedad sin apostar a una amistad social que incluya a todos. El espíritu de reconciliación debe animar nuestras relaciones. Si bien la reconciliación es el término de un proceso, a nivel de intención debe estar al principio. Ella necesita de la justicia, pero nos abre al horizonte de un camino nuevo y posible. Como actitud interior es un principio que sana y moviliza. Este es un desafío que aún, decíamos: “no hemos logrado construir en el transcurso de nuestra vida nacional” (33).

Por Mons. José María Arancedo