Opinión: La realidad oculta

Uno de los misterios de la vida es la capacidad que tenemos los seres humanos para olvidar el enigma que nos rodea y convertir las cuestiones pequeñas de la vida en lo primordial.

Este divorcio de conciencia entre lo micro y lo macro se da todo el tiempo. De hecho, se falsean laboriosamente los datos del Indec, mientras el universo se encuentra en un estado de inflación cósmica. Es que concentrarnos en la escala pequeña, aun con sus problemas, nos devuelve la sensación de que gobernamos alguna instancia de la realidad. Pero cada tanto es clave volver la mirada hacia una escala total para no perder del todo la noción de nuestra situación última. Así, no sólo parece que el universo se expande cada vez más rápido, impulsado por una fuerza de naturaleza desconocida a la que se ha denominado energía oscura, sino que, además, parece que podría haber infinitos universos paralelos a éste, con infinitas copias de nosotros mismos. La ciencia sigue, con retraso, los pasos de la literatura y de la ciencia ficción.

Esta teoría, que infringe involuntariamente una de las críticas que Aristóteles le hace a Platón, de no multiplicar innecesariamente los entes, es enarbolada por Brian Greene, físico y doctor por la Universidad de Oxford, profesor de la Universidad de Columbia, ampliamente reconocido por sus descubrimientos. En su primera obra, El universo elegante , Greene se dedica a divulgar la teoría de cuerdas. Y en su reciente libro La realidad oculta , la hipótesis trazada es la de los universos paralelos, en la que hasta habilita la idea de que podríamos estar viviendo en una simulación computacional. “Si el espacio se extiende indefinidamente -una proposición que es compatible con todas las observaciones-, entonces debe haber dominios allá fuera (probablemente muy allá) donde copias de usted y de mí y de todo lo demás disfrutan de versiones alternativas de la realidad que experimentamos aquí”, escribe Greene.

La idea tiene algo atractivo y algo enojoso, dependiendo de quién lo mire. Lo enojoso es que un ser acostumbrado a pensar que la Vía Láctea ha sido creada como un adorno para su regocijo verá de pronto esfumarse lo que lo hace especial y se verá convertido en uno más de una serie. Para quien se siente el ombligo del universo, nada más oprobioso que trazar la hipótesis de una pérdida de protagonismo. Lo atractivo de la idea, en cambio, es que siendo habitados por tantas posibilidades, seamos capaces de cristalizar más de una. Quienes amamos la vida la sentimos siempre escasa frente a la diversidad de opciones que ofrece. En cualquier caso, es interesante que justo cuando se intensifica el deseo de homogeneizar la realidad aparece la hipótesis fantástica de su disociación y de su multiplicación. Antes de que apareciera esta teoría, ya era bastante inverosímil que la nuestra fuera la única historia, la única versión del cosmos. Aunque, como la estructura del universo no es lineal, sino metafórica e irónica, bien podría ocurrir que en un remoto universo paralelo Greene esté escribiendo la tesis inversa de lo que aquí ha planteado.

Por Enrique Valiente Noailles