Opinión: Una frase de Niels Bohr

Hay una frase de Niels Bohr, físico danés, una de las figuras más deslumbrantes de la física contemporánea y premio Nobel en 1922, que dice lo siguiente: “Lo opuesto de una formulación correcta es una formulación falsa.

Lo opuesto de una verdad profunda puede ser muy bien otra verdad profunda”. Lo primero que sorprende es que esta reflexión provenga de una mente científica. Uno la esperaría de ciertas formas de la filosofía y de la poesía. Pero no hay duda de que la ciencia, traspuesto cierto umbral, converge hacia la filosofía. Tal vez no sea casualidad tampoco, en esta línea, que uno de los discípulos de Bohr fuera Heisenberg, quien formuló a su vez el principio de indeterminación o de incertidumbre, según el cual es inalcanzable en el campo de la microfísica un conocimiento pleno de la naturaleza en sí, en línea con lo señalado por Kant.

Dando rienda suelta a la interpretación de aquella frase, lo primero que indica es que el principio de no contradicción, pilar de nuestro edificio de pensamiento y sueño de Aristóteles, sólo es válido para una napa superficial de la realidad. Pero debajo de ese corte, debajo de la punta del iceberg, las leyes son diferentes. Tal vez de allí provenga el temor a profundizar las cosas, porque profundizar algo significa, esencialmente, desfondarlo. Y significa desembocar en un sitio en el que no hacemos pie y en el que la verdad sobre algo puede adquirir perfectamente más de un rostro y hasta rostros opuestos. Ahora bien, uno podría pensar que buena parte de la tensión que experimentamos en el mundo proviene de que estamos educados para manejarnos en la capa superficial de la realidad y no en la profunda. Y que intentamos manejarnos con las herramientas de la superficie en otra zona, en la que esas herramientas de ordenamiento de nuestra experiencia nos resultan inútiles.

¿Cómo se educa el pensamiento, entonces, para desplazarse entre estos dos registros que tiene la vida? Porque al igual que sucede con la corteza terrestre, lo que gobierna sus movimientos son las placas tectónicas que chocan por debajo. Una de las formas es exponerlo al arte y a la poesía, que comprenden el lenguaje que se habla debajo de la superficie y que, aunque no resuelve los enigmas del mundo, permite no quedar inerme frente a ellos y hablar su lenguaje. Estamos pendientes de los déficits en matemática, en historia o geografía, los que ciertamente hay que contrarrestar, pero estamos menos pendientes de la transmisión de herramientas con las que uno puede nadar debajo de la realidad. Y así se producen generaciones que creen demasiado en el principio de identidad, que lo falso es lo que se opone a la verdad y, sobre todo, que las contradicciones del mundo están hechas para ser resueltas (normalmente, con la supresión de una de las partes). Niels Bohr, en esa breve formulación, alumbra un punto tan relevante como otros de sus descubrimientos, y deja entrever -de manera también nuclear- el modo paradójico como está compuesto el mundo.

Por Enrique Valiente Noailles