Repatriados: ¿Y ahora qué hacemos?

Los diarios que reflejan la crisis europea nos traen todo tipo de noticias. Todas ellas dejan en claro que los castigados son los hombres de trabajo y los que quedan a flote, los corchos de toda inundación, resultan ser los de siempre: los poderosos y los bancos.

La televisión nos ha mostrado en España a gente que llora porque le ofrecen un trabajo, pero la Copa Libertadores sigue auspiciada por el banco Santander mientras que el Banco Bilbao Vizcaya Asociados (BBVA), hace de patrocinante de cuanto equipo se le cruza. La crisis, se nota, a ellos no les ha llegado.

En medio de tanto derrumbe de ilusiones, nos hemos encontrado con algunas líneas en los periódicos, charlas en la radio e imágenes de televisión, informándonos que son miles los argentinos que ya volvieron, están volviendo o se preparan para volver. Serán, por lo tanto, nuevas bocas que alimentar y brazos que se ofrecerán en el mercado laboral con todo derecho.

Surge, ante esta noticia, la siguiente pregunta: ¿Y ahora qué hacemos con estos compatriotas que retornan? y no faltará quien responda, con aire castizo como corresponde a la situación que “El que se fue a Sevilla perdió su silla” y pretenda que esos argentinos regresados vayan a la cola de espera. Que si se fueron y les fue mal que se las aguanten y esperen, mientras tanto, que haya trabajo suficiente para darles también a ellos y, si no se logra eso, que vayan pensando hacia dónde irán esta vez.

Quien así razona suele ser el primero en poner el grito en el cielo cuando le hablan de la inseguridad pero, eso sí, nada de pedir que haya trabajo para todos, nada de buscar la manera de que se integren a la sociedad; la cosa pasa por poner más policías en la calle, sumar patrulleros y, además, modificar las leyes  sin acordarse siquiera que eso era lo que pedía el “ingeniero” Blumberg y que, una vez conseguido, demostró su absoluta ineficiencia.

La Argentina soñada necesita de todos sus hijos, los propios y los adoptivos, esos que vienen a hacer los trabajos que los nativos hemos abandonado desde hace tiempo por duros y sacrificados, como la huerta por ejemplo, o a subirse a los andamios, balde y cuchara en mano, debido a que nuestros albañiles, mal pagados desde siempre, han desaparecido de la escena y son nuestros hermanos paraguayos quienes van ocupando su lugar.

La fuerza de un país la constituye su mano de obra y cuanto más abunde, mejor ha de ser.

Cuando tantos compatriotas debieron marchar a otras tierras en busca del trabajo que aquí se les negaba sentimos tristeza; ahora, los que estaban afuera regresan y eso, lo único que puede causarnos, es alegría.