Las viudas de los efectivos caídos: otra cara dramática de la inseguridad!

En lo que va del año murieron 20 policías en Provincia y capital federal. Es un caído cada nueve días, el promedio más alto en años. Detrás de esas cifras, las ilusiones familiares que quedaron rotas

Nancy Crocci ya perdió la cuenta de todas las veces que miró el video. La imagen, tomada por las cámaras de seguridad urbana el 13 de noviembre pasado en 72 entre 7 y 8, muestra con nitidez y en blanco y negro el momento en que su marido, el subteniente Daniel Luján, cae al suelo tras recibir un disparo en el abdomen. El caso, por el que hay una persona detenida y que convocó en su momento varias marchas vecinales para pedir seguridad, fue el decimocuarto en el que un policía -ya sea de la Bonaerense o la Federal- terminó asesinado en 2011. Hoy, a casi ocho meses del hecho, Nancy se arrepiente de haber visto tantas veces el video y siente que todo es un círculo incorregible. “Aunque me cueste decirlo -se queja-, nada cambió para que haya más tranquilidad en las calles”. La estadística de este año le da la razón: del 1º de enero de 2012 al 15 de julio pasado, el número de efectivos muertos llegó a 20. Es un caído cada nueve días, el promedio más alto de los últimos años.

Dolor. Impotencia. Es jueves a la tarde y Nancy cumple 33 años. No tiene mucho para festejar. Hace lo que puede para que sus dos hijas -una de 13 y otra de 5- sigan con sus vidas adelante. “Extrañan al padre, como yo”.

La voz de Nancy es una pena que suena firme y serena. Pensó en irse. Lejos, lo más lejos posible.

“Tengo algunos amigos en Playa Unión, en Rawson -cuenta-, y tal vez me vaya con las nenas para allá. Pero no sé. Toda mi vida la pasé en 7 y 72 pero ahora siento que no puedo volver al barrio nunca más. Ni a mis viejos puedo ir a verlos. Es imposible. Veo la comisaría y lo veo al Boli. Veo su camioneta y siento que todavía está. No sé. Si todavía no me fui al sur es para no separarme de mi familia. Si no fuera por ellos me hubiera ido al otro día que me lo mataron”.

Voz de pena. Triste y serena. Casi tanto como la que susurra Marta Díaz, viuda de Pedro Díaz, uno de los tres policías asesinados en el triple crimen de la planta transmisora, ocurrido hace más de cuatro años en 7 y 630 y cuya causa tiene dos detenidos y un prófugo.

A los seis meses de aquel hecho, Marta sacó fuerzas de donde pudo y mandó a construir una capilla con la virgen de San Nicolás en el mismo lugar donde asesinaron a su marido. El año que lo mataron, recuerda Marta, tenían pensado hacer un viaje. “Iba a ser por los 25 años de casados -cuenta-. Lo cumplíamos ese año, poquito antes de que lo mataran”.

Ese cuarto de siglo juntos le dejó dos hijos y tres nietos. “Su recuerdo me mantiene viva -dice Marta, orgullosa, dolida-. Aunque se hayan roto todos los proyectos que teníamos, pensarlo me da fuerzas para seguir. A veces siento que una no puede hacer nada y que todo va a estar cada vez peor, pero son momentos, ideas. Al menos me quiero esforzar para que su recuerdo siga vivo y que los culpables paguen por lo que hicieron”.

Marta habla de la inseguridad del mismo modo que Nancy: con rabia y pena contenida. Los números no son números sino heridas que le arden en el alma. Según los que maneja la consultora Nueva Mayoría, desde el 1° de enero de 1999 hasta junio pasado fueron asesinados 490 policías: 258 bonaerenses, 230 federales y dos de la Metropolitana.

Desde el regreso de la democracia, el peor año fue 2003 cuando fueron asesinados 90 uniformados en todo el país; en 2001, hubo 80, y en 2002, hubo 62. Este año, según el mismo reporte, el período que abarca del 1° de enero al 15 de julio se contabilizaron 20 policías muertos por la delincuencia: nueve federales, nueve bonaerenses y dos metropolitanos.

Los 20 muertos -analiza el estudio de Nueva Mayoría- superan la cantidad anual registrada en 2005, cuando hubo 14; en 2006, con 15; 2008, con 17; 2011, con 14, e iguala a la del 2004.

Son indicadores de una realidad que preocupa. Este año, como se dijo, la cifra de veinte policías asesinados, a la que se llegó tras la muerte del policía de la Bonaerense Héctor Alfredo Espinoza Barrozo, en San Justo, ya superó por seis a la del año pasado, cuando aún restan cinco meses para el final de 2012. Además, el número no está lejos de la peor cifra de los últimos ocho años, cuando en el 2010 llegó a 23.

“Yo no quiero ser viuda de policía, soy una víctima de delito más. Como cualquier ciudadano al que le mataron un familiar”. Quien lo dice es María Cecilia Dellepiane, esposa de Eduardo Sánchez, el ex comisario asesinado en 2010 en una cerealera de 153 entre 59 y 60. “No importa si mi esposo era o no policía -dice ella-. Cuando lo mataron, había ido a comprar comida para los perros. Teníamos treinta y cinco años de casados. Toda una vida. ¿Pero sabes cuál es mi dolor más grande? Que no haya culpables. Y que el número de muertos sea cada vez mayor”.

Algo de lo que dice María Cecilia entra en sintonía con lo que cuenta y soporta Nancy, quien llevaba con Daniel quince años de casados. “Ahora estoy cumpliendo 33, así que imaginate: la mitad de mi vida estuve con él”.

Él, Daniel Luján, tenía 38 años y sumaba 21 prestando servicio en la policía. Ella, Nancy Crocce, tenía 32 años cuando perdió al compañero de toda su vida. Estaba estudiando marketing y tuvo que dejar. Algunas veces pensó en retomar pero nunca le dieron las fuerzas.

“Ahora, por ser viuda de un efectivo caído, en el ministerio de Seguridad me dijeron que podían conseguirme un trabajo haciendo tareas administrativas. Yo pedí que me dieran algo que estuviera relacionado con la atención de víctimas de delito o con familiares de personas heridas o muertas. No sé, pienso que con mi experiencia puedo ayudar a alguien. Es raro: a veces busco hacer algo nuevo y seguir luchando. Y hay veces que sólo quiero agarrar a las nenas e irme al sur. No sé. Son etapas. Ahora, por ejemplo, no puedo volver al cementerio ni pasar cerca de nuestro barrio. Así estoy. Con mi hija mayor vamos las dos a la psicóloga para no quebrarnos. Así estamos. Luchando, tratando de seguir aunque duela cada vez más”.

Por Facundo Báñez