En el campo creen que llevará mucho tiempo recuperarse de la inundación.

Se perderá buena parte de las cosechas de maíz y soja. Y sentirán el impacto la ganadería, las pasturas para engorde y la actividad tambera.

La inundación que golpea al campo bonaerense dejará también su marca en las ciudades donde los comerciantes empezarán a vender menos y sus clientes a acumular cuotas impagas. El fantasma de la recesión se pasea por una veintena de distritos de la Provincia donde sus productores rurales todavía mastican la bronca del último revalúo fiscal. “Para la Provincia yo tengo un campo que cuesta 12 mil dólares la hectárea”, dice uno de ellos en medio de un camino anegado desde el que se ven, apenas, los alambres de lo que fue un campo sojero y hoy es una inmensa laguna con patos que se pasean orondos, dueños del lugar.

El promedio de lluvia caída en los distritos del centro-oeste bonaerense superó las previsiones y sin obras de infraestructura hidráulica para contener el agua, el resultado está a la vista. El río Salado, dicen en la zona, es “implacable” porque sus aguas fuera de cauce no solamente arrasan lo que está sino que su salitre deja marca indeleble en lo que vendrá. “El año que viene, si tenemos suerte y el agua se va sola, verá usted este campo completamente blanco por el salitre que quedará sobre la tierra”, anuncia un productor inundado de Pehuajó, acaso el distrito más castigado por las inundaciones de las últimas semanas.

Son cinco millones de hectáreas bajo el agua, inutilizadas en lo que aquí se considera la peor época para recibir semejante castigo de la naturaleza porque es la época de la parición del ganado y las cosechas de maíz y soja.

La inundación golpea a pesar del buen tiempo y el pronóstico alentador. Es que sigue bajando agua de los ríos de provincias vecinas como San Luis y Córdoba que vierten sobre el Salado, un río muchas veces enunciado en las agendas oficiales y las promesas de campaña pero, a la luz de los hechos, desatendido en obras.

La situación es crítica también en Carlos Casares, 9 de Julio, Bolívar, Olavarría, 25 de Mayo, parte de Trenque Lauquen, y el sur del partido de Rivadavia. Allí también peligran las siembras de soja y el maíz.

Los caminos rurales son ríos de fango por donde apenas pasan los tractores y ni pensar en arriesgar las cosechadoras. Sacarlas del fondo de un zanjón cuesta una pequeña fortuna en movimiento de grúas.

La situación más critica en esos distritos se vive en las localidades. Así se llaman a los pueblitos de entre 200 y 500 personas que se constituyen en pequeños polos productivos. Muchos de ellos están virtualmente incomunicados si por esto se entiende que sólo se puede entrar y salir en tractor o caballos. El riesgo, en ambos casos, es alto. Los tractores pueden volcar en los zanjones a los que el agua ha borrado las marcas y los caballos, por el mismo efecto, se ahogan. Al costado de los caminos rurales ya es una postal repetida ver a los caranchos abalanzados en banquete sobre infortunados equinos.

A pesar del buen tiempo el agua no baja y, aunque parezca una broma cruel, lejos de hacerlo en muchos casos levanta su nivel. Ocurre en Bolívar donde Unzué y Villa Sanz están rodeadas o en Pehuajó donde los habitantes de Mandala y Nueva Plata temen, sin exagerar, que el destino les depare una suerte como la de Epecuén que a mediados de los 80 desapareció bajo las aguas que nadie pudo o quiso controlar con obras eficientes.

En Trenque Lauquen la situación es definida como “grave”, sobre todo en las zonas rurales del norte, las que lindan el límite con el partido de Rivadavia, otra zona en crisis. Entre otros ejemplos de lo delicada de la situación se menciona a Berutti como una de las localidades aisladas, amenazadas por el agua que no cede.

En Carlos Casares el temor pasa por los pronósticos de lluvia que, dicen, todavía deparan otros 600 milímetros para lo que resta del año cuando ya han caído cerca de 1.200. La actividad tambera en esa zona es la que más ha sufrido y sufre. Sacar las cisternas de los campos enlodados es una tarea imposible, tanto como alimentar a los animales.

Los que han visto el desastre desde el aire aseguran que “es de no creer”. Que se ven enormes lonjas de agua que atacan la zona desde varios frentes, por el norte.

Alguien trae el dato de que una empresa de la zona que posee cinco tolvas autodescargables y que hasta ahora ha ayudado a llevar alimento a los animales de los campos inundados, ha perdido la operatividad de más de la mitad de esa maquinaria. El barro es tan implacable como el agua y en él ya hay atrapados tractores, cosechadoras y camionetas.

Las ciudades miran nerviosas el proceso de la inundación. Sus comercios saben que más tarde o más temprano padecerán las consecuencias. “Por ahora la cadena de pagos sigue unida pero este desastre se va a hacer sentir”, adelanta Bergues que calcula que, “con suerte”, la actividad económica.