El engaño en la naturaleza… Grandes impostores, por Susana Gallardo.

Diferentes animales y plantas han desarrollado estrategias que implican algún tipo de engaño, ya sea para aumentar su éxito reproductivo o para ahuyentar posibles predadores. Son conductas manipulativas seleccionadas a través de la evolución y que han redundado en algún beneficio a las especies.

Los seres humanos difícilmente podamos escapar del engaño, ya sea como embaucadores o como víctimas. Las motivaciones pueden ser muy variadas, desde evitar un perjuicio o no herir al otro (la mentira piadosa), hasta obtener un beneficio o, simplemente, causar daño. Engañamos por miedo o por inseguridad, exageramos para dar una buena imagen, o para obtener un beneficio. Y hay grados, desde la mentira inocente hasta la gran estafa, deliberada y planificada. Con diversidad de móviles y de consecuencias, el engaño parece demasiado humano. Sin embargo, se trata de un comportamiento que está presente en la naturaleza, en una gran diversidad de organismos, incluidos los insectos y las plantas. Los móviles también son muy variados.

Orquídeas mentirosas

¿Puede engañar una planta, imposibilitada de moverse, con sus “pies” tan clavados en la tierra? Claro que puede. Si alguien lo duda, que le pregunte a las orquídeas. Sus flores no se destacan solo por su belleza sino por las variadas artimañas que utilizan para atraer a los polinizadores. Es que necesitan de ellos para poder fructificar y dar semilla. De hecho, Charles Darwin les dedicó un libro, que publicó en 1862, donde describió las variadas estratagemas que emplean estas plantas para lograr reproducirse. “Se habla de engaño en la relación entre la flor y el polinizador cuando éste ejerce un servicio y no obtiene ninguna recompensa; el más común es el engaño alimenticio, en que la flor atrae al insecto pero no le ofrece comida”, afirma el biólogo Agustín Sanguinetti, becario doctoral en el Departamento de Biodiversidad y Biología Experimental (BBE), de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Más del 80% de las especies de orquídeas necesitan de un polinizador que pueda transferir el polen de una planta a los pistilos de otra, y así facilitar la fecundación y la producción de semillas. En particular, el polen de las orquídeas no se puede dispersar por sí solo o por acción del viento porque no se halla en granos sino agrupado en una masa compacta llamada polinario. Por ello, los polinizadores –moscas, mosquitos, abejas, avispas, mariposas, coleópteros y aves, como el colibrí– son imprescindibles para asegurar su reproducción sexual.

orquidea [BaraderoHoy]