La columna de historia por Samir Nasif – Algunas reflexiones sobre los festejos aniversarios de Baradero

La columna de historia por Samir Nasif

Algunas reflexiones sobre los festejos aniversarios de Baradero

Toda fiesta forma parte de un ritual en común, compartido por quienes se identifican de alguna manera en él, y que incluye una específica representación y simbología que la caracteriza cada vez que se lleva a cabo. Reteniendo esta definición sobre la fiesta, propongo pensar ¿cómo son los festejos en los distintos aniversarios de Baradero?

Si bien, año a año, en cada 25 de julio, van cambiando las personas y las circunstancias, hay símbolos que se mantienen en ese marco celebratorio. Uno es el recorrido en torno a la traza central de la ciudad de “Santiaguito”, aquella pequeña estatuilla ecuestre del santo patrón de nuestra parroquia, acompañado por autoridades civiles y religiosas, y por algunos vecinos y vecinas. Esta escena reivindicatoria del “santo local”, es algo propio de todas las fiestas patronales (su nombre lo debe justamente a los dichos santos patronos) de las tantísimas ciudades y pueblos de América cuyos orígenes se remontan al periodo de dominación española. También en la España actual –como desde hace siglos- son ocasión de fiesta los días de ciertas figuras del santoral católico (muchos nostálgicos de la música encontrarán esto rememorado en “Fiesta” del gran Joan Manuel Serrat).

Centenares de esas ciudades y pueblos incluso llevan por nombre Santiago, en advocación al santo cuyo sepulcro la tradición católica dice haberse encontrado en la ciudad gallega de Compostela hacia el siglo IX. Santiago fue el patrón de la conquista, de los enfrentamientos armados, de las espadas, de la guerra… por algo, en su momento, lo bautizaron como Santiago Matamoros (cuando España se lanzó a la guerra contra el infiel musulmán) y como Santiago Mataindios (Cuando España se lanzó a la conquista del infiel americano). También es cierto que muchas comunidades nativas americanas le imprimieron un nuevo significado a esa figura trascendente a la cual se rendían los españoles cada vez que tenían que emplear la espada, y lo identificaron con deidades de su propia cosmovisión. Así, a ojos de muchas comunidades indígenas americanas, Santiago fue asociado al trueno, al relámpago, y a algún que otro sagrado fenómeno de la naturaleza, en un complejo juego sincrético de tradiciones religiosas. (Y, si hablamos de sincretismo de tradiciones, ni que hablar nuestro “Santiaguito” y su atuendo gauchesco).

Pero volvamos a los festejos durante los aniversarios de Baradero. El otro elemento que pervive, año tras año, es la famosa ofrenda floral al busto de Hernandarias, aquel hidalgo asunceño, aunque de familia de conquistadores, que siendo gobernador del Paraguay gestionó el inicial agrupamiento de indios llamado Santiago, sobre el riacho del Baradero, hacia 1615. En sus planes de pacificar y ordenar una región estratégica, su política de reducir comunidades indígenas en determinados espacios sentó las bases para la construcción de posteriores territorios.

Cada 25 de julio se despierta en Baradero una activa participación y un rescate histórico fundamental para el desenvolvimiento de toda comunidad: el desempolvar la memoria histórica sobre los orígenes, algo que despierta entusiasmo, observado no solo en el marco de fiesta, sino también en redes sociales, en los intercambios vecinales, en los desfiles, en actos oficiales, entre otras manifestaciones. La fuerza que cobra en esa memoria histórica el mito fundacional se nutre de reconocer para Baradero un pasado que trasciende los orígenes de la mismísima Nación Argentina. Un pasado que hunde sus raíces en los primeros poblamientos hispano-criollos de la región rioplatense, y que permite a cualquier baraderense hacer solemnidad de una antigüedad que supera, además, a cualquier otra localidad bonaerense actual, a excepción de la capital.

Ese acto celebratorio anual –el famoso “cumpleaños de Baradero”– permite que la comunidad refuerce el orgullo de contar con la trayectoria de un espacio habitado bajo el nombre de Baradero durante más de cuatro siglos. El reconocimiento a Hernandarias y la fecha 1615 nos recuerdan la lejana conquista, así como el reconocimiento a Santiago evoca el pasado (y presente) español y católico, del mismo modo que la traza urbana es un vestigio de esa hispanidad, con una plaza mayor en el centro y los edificios de gobierno (civil y religioso) en sus contornos. Pero lo que resulta más revelador en estas fiestas, en relación a la comunidad que participa del ritual y sus vínculos con el pasado, aunque parezca paradójico, es aquello que “no se ve”.

¿Por qué se recuerdan o celebran algunos elementos de ese pasado y otros no, o se los evoca de manera distinta? Para ser claros, me estoy refiriendo a la presencia indígena. Aunque algo descuidada, en nuestra localidad tenemos una estatua “del indio” en la rotonda de la costanera. Una figura poco frecuente en las representaciones escultóricas de la provincia de Buenos Aires, a excepción de la región Sur. Un indio sin más, sin nombre, desnudo y con lanza (que, por cierto, contribuye a reproducir algunos estereotipos sobre cómo fue y debe ser entendido “lo indígena”). Con una inscripción en guaraní, que podría traducirse a algo así como “yo dice a este hombre que andaba por la tierra que mi sangre todavía está en las aguas” (xe jhaé pe karaí oikóvakué ko yvy-ari ja la xe ruguy oikové gueterí y pypé). Una referencia clara a la violenta conquista y despojo perpetrado contra las comunidades nativas. El monumento hace parte, visibiliza e involucra a lo indígena en la vida cotidiana local, a modo de recordar que fueron los primeros pobladores y que luego fueron sistemáticamente invadidos.

Pero la estatua, aunque reivindicatoria, contribuye a perpetuar una imagen “del indio” como el vencido de toda esta historia de conquista y fundación del pueblo, visto como el sometido ante el conquistador, pero cuya sangre anónima se lamenta. La fiesta patronal de cada 25 de julio presenta la increíble paradoja de reconocer, festejar y presumir un pasado de tanta antigüedad y, al mismo tiempo, obviar que los pobladores de aquel lejano 1615, y durante los siguientes dos siglos, fueron casi en su totalidad indígenas. Y fueron éstos, en tanto sujetos históricos, quienes tuvieron mayor incidencia en la construcción de Baradero como territorio, en el sentido de habitar un espacio y reconocer competencias políticas sobre dichos pobladores situados en un suelo específico. Quienes desarrollaron esta inicial y constante presencia como comunidad, quienes forjaron vínculos con un espacio y sus recursos y posibilitaron su conservación en el tiempo, permitiendo el desenvolvimiento de poblamiento humano posterior, fueron los grupos de indios reducidos.

El “anonimato” de la estatua del indio, así como de la nula evocación histórica sobre éstos en los aniversarios de Baradero, forma parte de una decisión subjetiva de quienes forjaron el mito fundacional y de quienes lo reprodujeron sin cuestionarlo demasiado. Resulta curioso que el mismo tipo de documentación por la que conocemos el nombre de Hernandarias y su rol en el origen de Baradero, menciona también algunos nombres propios de caciques y líderes indígenas de aquellos momentos en que sus grupos se asentaron en Baradero. Del mismo modo, contamos con nombres propios de líderes indios, así como de muchos “indios e indias corrientes”, para otros momentos de los siglos XVII, XVIII y XIX. Es decir, no es que no hayan existido nombres como para homenajear (los indios Carlos Espinosa, el alcalde Manuel, Cornelio Aguirre, fueron algunas de las autoridades políticas locales más citadas en la documentación colonial) sino que nuestra sensibilidad occidental no nos ha permitido reconocerlos como partícipes fundamentales de nuestro origen. Por el contrario, dicha percepción nos ha llevado a identificar al indio como el vencido y sometido del proceso de conquista, hoy diríamos “sin voz ni voto” en aquellos acontecimientos. Es cierto, fueron vencidos física y culturalmente a la larga, pero esto no impidió que muchos de ellos se hayan adaptado a las circunstancias resultando determinantes como sujetos históricos en el proceso en que Baradero se delineó como territorio, ni que hayan mantenido sus creencias, sus espacios, sus usos y costumbres del entorno, sus relaciones de parentesco, sus organizaciones políticas y gran parte de su cultura durante los primeros siglos. Incluso el rol de aquellas autoridades políticas indígenas – tanto alcaldes de indios legitimados por la normativa española como antiguos caciques– que incluía administrar y gobernar los asuntos locales, pero también establecer vínculos, confrontaciones y negociaciones con autoridades coloniales, contribuyó decisivamente a que se conserve el territorio bajo el nombre de Baradero. A pesar de esta enorme relevancia histórica que ha tenido el grupo poblacional indígena para la historia de la ciudad (recordemos, ¡durante casi la mitad de estos cuatrocientos años!), la anónima “estatua del indio” es, año a año, la gran olvidada de las fiestas patronales y del “cumpleaños de Baradero”… La presencia indígena permanece invisible en las reivindicaciones del pasado local, ocupando el rol de alguien que, necesariamente, tuvo que ser desplazado de la escena histórica para que algo nuevo (¿y mejor?) pueda surgir. Por estas razones, nunca está de más recordar que los modos de recuperar el pasado de una sociedad nunca son neutros, ni mucho menos incuestionables.

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