Discapacidad: Cuando las limitaciones físicas no impiden salir a trabajar

Cada vez son más las personas en edad productiva que, pese a tener alguna discapacidad, rompen barreras y prejuicios con la idea de ocupar un puesto laboral. Historias donde las diferencias son igualadas al ritmo del trabajo.

En el laboratorio donde trabaja Alicia Ojeda -“Popy” para todos- las cosas están más o menos adaptadas a sus medidas. Un banco escalera le permite llegar a los estantes y otro más pequeño pero igual de práctico deja que pueda alcanzar la mesada donde descansan las muestras y los microscopios. Popy es una de las biólogas del hospital Noel Sbarra de La Plata y, desde hace tres años, su talla pequeña no impide que vaya y venga con una sonrisa por los pasillos estrechos del lugar. “Tengo 47 años y ya estoy acostumbrada a que me digan enana y me miren raro cuando entro a algún lugar -dice ella, alegre-, pero lo importante para mí es cumplir con el trabajo como todos. En eso no soy distinta a nadie. Es cierto que a veces mi tamaño hace que algunas cosas se dificulten, como sostener a los chicos o hacer un hisopado. Hay tareas que el cuerpo no me deja a hacer, pero son las menos. Chiquita y todo, yo laburo como cualquiera”.

La historia de Popy es ejemplo de un tema donde suelen confluir casi en igual medida los miedos, la ignorancia y los prejuicios: el de las personas con alguna discapacidad que, pese a sus limitaciones, encuentran en el trabajo la mejor manera de igualarse al resto. El tema no es menor: según relevamientos empíricos realizados por las distintas organizaciones no gubernamentales que en el país se ocupan de los derechos de las personas con este tipo de problemas, siete de cada diez argentinos en edad productiva encuentran en su discapacidad una barrera para poder trabajar.

No es precisamente el caso del Hospital Noel Sbarra, donde casi el 4% de sus empleados tienen alguna discapacidad y su sola presencia hace que se cumpla la ley (la 10.592) mediante la cual se obliga a dar puestos de trabajo a las personas con discapacidad y cubrir así un cupo del 4%. No es la única norma que regula el tema: también el Convenio 159 de la Organización Internacional del Trabajo, al que adhirió nuestro país, hace mención sobre la readaptación profesional y el empleo de personas inválidas.

“En los últimos cinco años empezamos a incorporar personas que tienen algún tipo de discapacidad -cuenta María Marini, directora del hospital-. Y la verdad que la respuesta fue inmejorable, porque quienes sufren de alguna limitación terminan siendo las personas más comprometidas. No faltan nunca y jamás exponen su problema físico como un problema. Al contrario: son el mejor ejemplo de igualdad laboral”.

Clic para ampliarLo que dice Marini también se hace eco en la historia de Nadia Duhart, una empleada administrativa de la Casa Cuna que, tras sufrir un accidente en su antiguo empleo como conserje de hotel, hace ya siete años, quedó con una discapacidad motora que le impide hacer esfuerzo con las piernas. “Me quedó una pierna dos centímetros más corta -cuenta ella-, pero lo más difícil no fue aceptar mi discapacidad, sino conseguir un trabajo que me gustara y pudiese hacer sin problemas. Cuando fue el accidente tenía 25 años y un nene chiquito. Estuve cinco años haciendo changas, limpiando casas de familia y finalmente, por sugerencia de un amigo, me anoté en el SECLAS (Servicio de Colocación Laboral Selectiva para Personas con Discapacidad, dependiente del Ministerio de Trabajo) y decidí aceptar lo que decía mi certificado: aunque no se viera y yo no lo sintiera así, tenía una discapacidad y no podía hacerme la distraída”.

Fue así que se anotó en la lista del SECLAS y, dos años después, en 2008, consiguió el empleo en el hospital de 8 y 67 donde ahora trabaja como coordinadora de los consultorios externos. “El trabajo me permite estudiar Derecho -dice Nadia-. Además es un edificio que está bien adaptado: hay ascensores y rampas por todos lados y eso facilita bastante la tarea. También es importante el respeto. Por ahí alguien que viene de afuera me pregunta inocentemente por qué rengueo, pero yo lo tomo como algo natural y respondo con una sonrisa: `Yo siempre camino así'”.

TOMAR CONCIENCIA

Clic para ampliar”La discriminación es una construcción social”, analiza Evelina Díaz, una saladillense de 28 años que llegó a La Plata en 2002 y se recibió en julio del año pasado de trabajadora social. Evelina tiene una discapacidad que le impide caminar erguida y utilizar sus manos con facilidad. Pero no es su cuerpo la verdadera complicación. “Lo que complica es aquella mirada que segrega -define-. Lo más difícil de sobrellevar una discapacidad es tener que afrontar tanto las barreras sociales como arquitectónicas con las que una se topa cotidianamente”.

Pese a esas barreras, Evelina hace un mes y medio que trabaja en el equipo pedagógico de la Facultad de Trabajo Social y hace ejemplo de integración. Para ella, sin embargo, es importante correr a la discapacidad del lugar de lastima o de persona heroica que se crea en torno a quienes la sufren. “Pensar discapacidad también implica pensar la idea de un otro anormal -dice-, producto de una sociedad que busca alcanzar la normalidad y que produce y reproduce la idea de un sujeto con una determinada manera de pensar, vestir y que porta un cuerpo estándar socialmente aceptado. Por eso es importante que quienes tenemos alguna discapacidad empecemos a ocupar espacios para la construcción de una sociedad no excluyente”.

Clic para ampliarLo que reflexiona ella se hace eco en lo que analiza “Popy”, para quien la discapacidad “es un aprendizaje que te obliga a tomar conciencia y aceptar que la mirada del otro siempre va a estar para tomarte examen. Hay que aceptar que uno es diferente y siempre va a ser mirado como tal. El hecho de trabajar muchas veces con chicos, incluso, hace que una se acostumbre a cierta mirada inocente y de asombro por parte de los nenes. Ellos no conciben que una persona grande sea chica. Algunos me preguntan por qué tengo este tamaño, y muchos me terminan llamando `la doctora chiquita’. Para mí ya es algo natural y trato de recibirlo con una sonrisa. Simplemente hay que acostumbrarse a que el mundo no esté pensado para gente como nosotros, y eso obliga a que, como hago en mi lugar de trabajo, tenga que adaptar las cosas para poder seguir”.

Lo que cuenta “Popy”, Nadia o Evelina no parece exagerado. Los discapacitados motores, visuales, auditivos e intelectuales suman en nuestro país casi tres millones de personas, y para ellos todavía es una odisea cruzar una calle, ingresar a un edificio público o subir simplemente a un colectivo. Un documento sobre la situación laboral de la persona con discapacidad enviado hace un tiempo por nueve ONG’s al Ministerio de Trabajo de la Nación, de hecho, advirtió que, en materia de discapacidad, “la Argentina se encuentra atrasada 20 años con respecto a los países desarrollados”.

En las entidades que nuclean a discapacitados, además, se cuentan numerosas historias de personas que se vieron obligadas a dejar sus estudios o su rehabilitación por no contar con medios de transporte para hacerlo o bien por no poder afrontar la erogación que supone el pago cotidiano de taxis o remises. “Ese fue mi caso -cuenta “Popy”-. Pedí que me dieran empleo en Casa Cuna porque me queda a seis cuadras de casa. Si el trabajo era más lejos no podía pagar un auto, y viajar en micro para mí es casi imposible porque no están adaptados”.

Clic para ampliarEn nuestro país se estima que más del 70% de las personas con discapacidad no tiene un empleo, a pesar de que podrían trabajar en tareas acordes a sus posibilidades. “Si comparamos la situación actual con otros tiempos seguramente estemos mejor -sostiene Evelina-, pero depende siempre con qué hagamos la comparación”. Lo que dice ella entra en coincidencia con lo que piensa Nadia: “Uno por ahí no es consciente de las barreras que hay en una ciudad hasta que no lo sufre en carne propia. Cuando lo padece, enseguida se da cuenta”.