Flojo fútbol; incierto futuro

Si bien el equipo de Almeyda es el único líder y sigue invicto, no da garantías en la cancha. Ayer empató con Ferro en un partido con pocas luces. Otra vez lo acompañó una multitud que se fue entre murmullos y desencantos.

Dan ganas de viajar en el tiempo, de subirse a ese De Lorean que hoy se mira en 3D y se rescata para una publicidad de tevé, y regresar a los 80. Entonces Mario Gómez no peinaba canas, pero ya había dado una vuelta olímpica con la camiseta verde, aunque en 1984 también ocupaba un lugar en el banco y el que surcaba el lateral derecho era Sergio Agonil.

Caballito vibraba en sus tablones, como nunca antes. Y River no estaba en la B.

Por el contrario, entonces, era imposible imaginar que pudiera descender. Y había dos Betos de película en aquella recordada final del Nacional: Márcico y Alonso. Y ya empezaba a asomar Francescoli con la banda roja sobre el pecho blanco.

Y todo era tan distinto.

La historia cambia de golpe al volver al futuro . A este presente. A esta versión táctica de Ferro, un equipo que corre y mete, pero juega poco y nada. A este River que es la antítesis de su historia y es víctima de una peligrosa bipolaridad.

Capaz de ilusionar , como hace siete días, casi a la misma hora y en el mismo estadio, o de defraudar , como ayer, también en el Nuevo Gasómetro. Si Matías Almeyda apenas hizo un cambio de un partido a otro, ¿cómo es posible que su juego haya dejado tan poco sabor en sus hinchas? La respuesta es sencilla. Ni el último sábado de septiembre River fue la resurrección de la Máquina ni el 1° de octubre fue el peor de todos.

Hubo un adversario, Ferro, que le cerró los caminos . Con un planteo inteligente, dos líneas de cuatro, bien cerquita de su arquero, un enganche y un delantero solitario. Con un volante incansable, Julio Buffarini, el motor de Oeste. Con el impulso de su despliegue por el carril derecho y un firme sentido colectivo, equilibró el juego y le sacó lustre a los apellidos de River.

Le dejó claro que en esta categoría no se gana con el nombre ni con la camiseta. Le puso la pierna dura, lo raspó, lo inquietó. Y si no hubiera sido por los guantes de Chichizola, Pereyra Díaz sería el chico de todas las tapas.

El problema es River.

Sigue puntero e invicto. ¿Y? ¿Acaso no es lo mínimo que se le debe reclamar al club más ganador de la historia del fútbol argentino a nivel doméstico en esta incursión por la B Nacional? La mayor deuda está en el funcionamiento.

Porque enfrente puede haber un equipo difícil de superar. Lo alarmante es la falta de recursos ofensivos. El doble “9” no garantiza gol si no hay juego fluído. Y si Domínguez no engancha no sólo tiene que ver con el asedio del mediocampo rival. También, por su bajo nivel . Poco se ve de aquel talentoso exponente que cautivó en el inicio del torneo. Por eso Cavenaghi se retrasa tanto. Carlos Sánchez va, Vella, también. Pero se pierden en centros sin destino. Y Cirigliano surge como un buen equilibrista en un River que genera desconfianza de la mitad de la cancha hacia atrás.

Pero con eso no alcanza.

Ni siquiera, el esfuerzo del pibe Ocampos. No sólo porque falló en el área cuando tenía a De Giorgi a su merced. Juega acelerado y descuida su espalda. Y Almeyda no lo saca. En verdad, tarda demasiado en hacer los cambios.

El cero, entonces, fue lógico. Y lo único que le quedó a la gente fue aferrarse a ese pasado glorioso. ¿El futuro? Mejor, ni espiar.

Fuente: clarin.com