Para pensar juntos: Llegada la hora de quemar las naves

En el año 335 AC, al llegar a las costas de Fenicia, Alejandro Magno debió enfrentar una batalla en la que los soldados enemigos eran el triple que su gran ejército.

Cuando Alejandro Magno hubo desembarcado a todos sus hombres en la costa enemiga, dio la orden de que fueran quemadas todas sus naves. Mientras los barcos se consumían en llamas y se hundían en el mar, reunió a sus hombres y les dijo: “Observen como se queman los barcos. Debemos salir victoriosos en esta batalla ya que solo hay un camino y es por mar. Sólo podemos regresar en los barcos de nuestros enemigos”.

Finalmente, el ejército de Alejandro Magno venció en aquella batalla regresando a su tierra a bordo de los barcos conquistados.

En las relaciones de pareja, llega un momento en el que hay que quemar las naves.

Llega un momento en el que se debe renunciar de por vida a la pregunta de si esto me conviene, o por el contrario me marcho de aquí. Es cuando pasamos de un “¿me conviene esta relación?” a “tenemos un problema que arreglar”.

Y una vez dado ese paso no hay marcha atrás. O se triunfa, o se fracasa.

Tener siempre abiertas las puertas de salida, hace que cuando vengan duras estas se vuelvan insoportablemente tentadoras. El matrimonio y cualquier relación de pareja, se ven enfrentadas hoy en día a dificultades tan abismales en las que es impensable la victoria si hay marcha atrás o posibilidad de huida.

Y esto, lejos de lo que podría parecer a simple vista no es limitarse. Es sacrificar voluntariamente la vida por un proyecto de amor. Un proyecto que trasciende de lo que me apetece o lo que temo para colaborar en el plan de Dios, y para aprender a amar con madurez. Es avanzar. Quien no se compromete no avanza. Quien no apuesta duro no gana.

No es riesgo, es valor. Lo contrario nos lleva a relaciones de guardería, dónde la pelea por mis juguetes (mi tiempo, mis cosas, mi trabajo, mi desarrollo personal) es el objetivo a corto, medio y largo plazo. Es luchar contra lo que venga en equipo, y no tener como rival al compañero.

Conozco gente que nunca pasó de esta fase. En sus manos tuvieron muchas relaciones, pero acababan vacías, porque llegado el momento no se daba este salto al vacío. Se buscaba compañía a bajo coste.

Quemar las naves implica un vacío dónde no vale plantearse si acertaste o no al elegir tu pareja, porque la pregunta ya no procede. Simplemente se abandona ese territorio cómodo y necesario para la pareja en el que nos vamos conociendo para pasar al terreno dónde nos dejaremos la vida por construir un hogar. Y aquí las únicas preguntas que proceden son las que buscan soluciones, no huidas.